martes, 15 de diciembre de 2015

El blanco y el negro. Cuento de Voltaire


El blanco y el negro
Voltaire



Todo el mundo en la provincia de Kandahar conoce la aventura del joven Rustán. Era hijo único de un mirza de la región; como quien dice un marqués en Francia o un barón en Alemania. Su padre, el mirza, tenía una fortuna considerable. El joven Rustán debía casarse con una doncella o mirzesa de su condición. Las dos familias deseaban apasionadamente. Él debía ser el consuelo de sus padres, hacer feliz a su mujer y serlo con ella.
 
Pero por desgracia había visto a la princesa de Cachemira en la feria de Kabul, que es la feria más importante del mundo, e incomparablemente más frecuentada que las de Basora y Astracán; y he aquí por qué el anciano príncipe de Cachemira había ido a la feria en unión de su hija.

Había perdido las dos piezas más raras de su tesoro: una era un diamante del tamaño del dedo pulgar, en el cual se había grabado el retrato de su hija, gracias a un arte que entonces dominaban los indios y que posteriormente se ha perdido; la otra era un venablo que iba por sí mismo adonde uno deseaba; lo cual no es nada extraordinario entre nosotros, pero que lo era en Cachemira.

Un faquir de Su Alteza le robó esas dos joyas; las llevó a la princesa.

-Guardad cuidadosamente estos dos objetos -le dijo-; vuestro destino depende de ellos.

Luego partió y nunca volvió a saberse de él. El duque de Cachemira, sumido en la desesperación, decidió ir a la feria de Kabul para ver si de todos los mercaderes que allí van de las cuatro partes del mundo, alguno de ellos tuviera su diamante y su arma. En todos sus viajes se hacía acompañar por su hija. Ella llevaba su diamante bien oculto en el cinturón; y en cuanto al venablo, que no podía ocultar tan fácilmente, lo había dejado cuidadosamente encerrado en Cachemira en su gran cofre de la China.

Rustán y ella se vieron en Kabul; se amaron con toda la sinceridad de su edad y todo el fuego de sus países. La princesa, en prenda de su amor, le dio su diamante, y Rustán, antes de separarse, le prometió que iría a verla secretamente a Cachemira.

El joven mirza tenía dos favoritos que le servían de secretarios, de escuderos, de mayordomos y de ayudas de cámara. Uno se llamaba Topacio: era apuesto, bien formado, blanco como una circasiana, dócil y servicial como un armenio, juicioso como un guebro. El otro se llamaba Ébano: era un negro bastante bien parecido, más rápido, más ingenioso que Topacio, y a quien ninguna empresa parecía difícil. Él les comunicó el proyecto de su viaje. Topacio trató de disuadirle con el celo circunspecto de un servidor que no quiere contrariar a su amo; le hizo ver todo lo que arriesgaba. ¿Cómo dejar a dos familias en la desesperación? ¿Cómo hundir un puñal en el corazón de sus padres? Rustán vaciló; pero Ebano le confirmó en su idea y disipó todos sus escrúpulos.

El joven carecía de dinero para emprender un viaje tan largo. El prudente Topacio le aconsejaba que no lo tomara a préstamo; Ebano se encargó de ello. Sustrajo hábilmente el diamante a su amo, mandó hacer una imitación en todo semejante a la joya verdadera, que devolvió a su lugar, y empeñó el diamante a un armenio por varios millares de rupias.

Cuando el marqués tuvo sus rupias, todo estuvo a punto para la marcha. Su equipaje fue cargado a lomos de un elefante; ellos iban a caballo. Topacio dijo a su amo:

-Yo me tomé la libertad de poner objeciones a vuestra empresa; pero después de hacer objeciones, hay que obedecer; soy vuestro, os amo, os seguiré hasta el fin del mundo: pero consultemos por el camino al oráculo que está a dos parasangas de aquí.

Rustán consintió. El oráculo respondió: «Si vas hacia Oriente, estarás en Occidente.» Rustán no comprendió nada de esta respuesta. Topacio afirmó que no presagiaba nada bueno. Ebano, siempre complaciente, le convenció de que era muy favorable.

Aún había otro oráculo en Kabul; y allí fueron. El oráculo de Kabul respondió con estas palabras: «Si posees, no poseerás: si vences, no vencerás; si eres Rustán, no lo serás.» Este oráculo pareció todavía más ininteligible que el otro.

-Tened mucho cuidado -decía Topacio.

-No temáis nada -decía Ebano.

Y este último, como ya puede imaginarse, tenía siempre razón ante su amo, cuya pasión y cuya esperanza alentaba.

Al salir de Kabul atravesaron un gran bosque, se sentaron en la hierba para comer y dejaron pacer a los caballos. Cuando se disponían a descargar al elefante que llevaba la comida y el servicio, se dieron cuenta de que Topacio y Ebano habían desaparecido de la pequeña caravana. Les llamaron; en el bosque resonaron los nombres de Ebano y de Topacio. Los criados les buscaron por todas partes y llenaron el bosque con sus gritos; volvieron sin haber visto nada, sin que nadie hubiese respondido.

-Lo único que hemos encontrado -dijeron a Rustán- es un buitre que luchaba con un águila y que le arrancaba todas sus plumas.

La descripción de este combate picó la Curiosidad de Rustán; se dirigió a pie hacia el lugar y allí no vio ni buitre ni águila; pero vio a su elefante, aun completamente cargado con su equipaje, que era atacado por un enorme rinoceronte. El uno embestía con el cuerno, el otro golpeaba con la trompa. El rinoceronte, al ver a Rustán, abandonó la lucha; los criados se hicieron cargo del elefante, pero les fue imposible encontrar los caballos.

-¡Qué cosas tan extrañas ocurren en los bosques cuando uno viaja! -exclamaba Rustán.

Los criados estaban consternados, y el amo desesperado por haber perdido al mismo tiempo sus caballos, a su querido negro y al juicioso Topacio, por quien seguía sintiendo un gran afecto, a pesar de que nunca fuera de su parecer.

La esperanza de estar muy pronto a los pies de la bella princesa de Cachemira le consolaba, cuando tropezó con un gran asno rayado al que un rústico, vigoroso y terrible daba cien bastonazos. Nada más hermoso, ni más raro, ni más ligero en la carrera que los asnos de esta especie. Aquél respondía a la lluvia de estacazos del villano con unas coces capaces de desarraigar un roble. El joven mirza tomó, como era justo, el partido del asno, que era un animal encantador. El rústico huyó diciendo al asno:

-Me las pagarás.

El asno dio las gracias a su libertador en su lenguaje, se acercó, se dejó acariciar y acarició. Rustán, después de haber comido, montó en él y tomó el camino de Cachemira con sus criados, que le seguían, unos a pie y otros montados en el elefante.

Apenas se vio sobre el asno, cuando este animal se dirige hacia Kabul en vez de seguir el camino de Cachemira. Aunque su amo tira de la brida, le da sacudidas, aprieta las rodillas, le clava las espuelas, arroja la brida, tira hacia sí, le azota a derecha y a izquierda, el terco animal sigue corriendo en dirección a Kabul.

Rustán sudaba, se agitaba, se desesperaba, cuando encontró a un mercader de camellos que le dijo:

-Señor, vais montado en un asno muy ladino que os lleva adonde no queréis ir; si queréis cedérmelo, yo os daré a cambio cuatro de mis camellos que vos mismo elegiréis.

Rustán dio gracias a la Providencia por haberle proporcionado un trato tan ventajoso.

-Topacio se equivocaba por completo -dijo- cuando me anunciaba que mi viaje sería desgraciado.

Montó en el más hermoso de los camellos y los otros tres le siguieron; y volvió a reunirse con su caravana, viéndose ya en el camino de su dicha.

Apenas habían andado cuatro parasangas cuando les cortó el paso un torrente profundo, ancho e impetuoso que arrastraba grandes rocas blanqueadas de espuma. Las dos orillas eran horribles precipicios que deslumbraban los ojos y helaban el corazón; ningún medio de cruzar, ninguna manera de ir a la derecha o a la izquierda.

-Empiezo a temer -dijo Rustán- que Topacio estaba en lo cierto al desaconsejarme que hiciera este viaje, y que cometí un grave error al emprenderlo; si al menos le tuviese a mi lado, podría darme algún buen consejo. Si tuviera a Ebano, él me consolaría y encontraría alguna solución; pero todo me faltaba.

La consternación que se había apoderado de sus criados aumentaba su turbación; había oscurecido por completo y pasaron la noche lamentándose. Por fin, la fatiga y el abatimiento cerraron los ojos al viajero enamorado. Se despertó al amanecer y vio un hermoso puente de mármol que cruzaba el torrente uniendo ambas orillas.

Solamente se oían exclamaciones, gritos de sorpresa y de júbilo. « ¿Es posible? ¿Estamos soñando? ¡Qué prodigio! ¡Qué encantamiento! ¿Nos atreveremos a pasar?» Toda la expedición caía de rodillas, se levantaba, iba hacia el puente, besaba la tierra, contemplaba el cielo, extendía las manos, apoyaba un pie tembloroso en el puente, iba y venía, estaba en éxtasis; y Rustán decía:

-Por ahora el Cielo me favorece; Topacio no sabía lo que se decía; los oráculos me eran favorables; Ebano tenía razón; pero ¿por qué no está a mi lado?

Apenas todos los hombres hubieron cruzado a la otra orilla, cuando el puente se desplomó en el agua con un horrísono estruendo.

-¡Tanto mejor, tanto mejor! -exclamó Rustán-. ¡Dios sea loado! ¡El Cielo sea bendito! No quiere que vuelva a mi tierra, en la que no hubiese sido más que un simple gentilhombre; quiere que me case con mi amada. Seré príncipe de Cachemira; y así, al poseer a mi amada, no poseeré mi pequeño marquesado de Kandahar. Seré Rustán y no lo seré, puesto que me convertiré en un gran príncipe; ya está explicado claramente y en mi favor una gran parte del oráculo, el resto se explicará semejantemente; soy supremamente feliz. Pero ¿por qué Ebano no está junto a mí? Le echo de menos mil veces más que a Topacio.

Recorrió unas cuantas parasangas más con la mayor alegría; pero, a la caída de la tarde, una cadena de montañas más empinadas que una contraescarpa y más altas de lo que hubiera sido la torre de Babel en caso de terminarse, cerró por completo el paso a la caravana, dominada por el temor.

Todo el mundo exclamó:

-¡Dios quiere que perezcamos aquí! Si ha hecho que se desmoronase el puente ha sido tan sólo para arrebatarnos toda esperanza de regreso; si ha elevado la montaña ha sido tan sólo para privarnos de todo medio de seguir adelante. ¡Oh, desventurado marqués! Nunca llegaremos a ver Cachemira, nunca volveremos a la tierra de Kandahar.

El más intenso dolor, el mayor de los abatimientos sucedían en el alma de Rustán al inmoderado júbilo que había sentido, a las esperanzas con las que se había embriagado. Estaba muy lejos de interpretar las profecías en favor suyo.

-¡Oh, Cielo! ¡Oh, Dios paternal! ¿Por qué habré perdido a mi amigo Topacio?

Mientras pronunciaba estas palabras emitiendo profundos suspiros y vertiendo lágrimas en medio de sus desesperados servidores, vio abrirse la base de la montaña y presentarse ante sus maravillados ojos una larga galería abovedada, iluminada por cien mil antorchas; ante lo cual Rustán prorrumpió en exclamaciones y sus criados cayeron de rodillas o se desplomaron de espaldas por la sorpresa, gritando « ¡milagro!» y diciendo:

-Rustán es el favorito de Visnú, el bienamado de Brahma; será el dueño del mundo.

El propio Rustán así lo creía, estaba fuera de sí, como enajenado.

-¡Ah, Ebano, mi querido Ebano! ¿Dónde estás? ¡Cuánto me duele que no seas testigo de todas estas maravillas! ¿Por qué te habré perdido? Bella princesa de Cachemira, ¿cuándo volveré a ver tus encantos?

Se adelanta con sus criados, su elefante, sus camellos, bajo la bóveda de la montaña, al término de la cual sale a una pradera esmaltada de flores y limitada por unos arroyuelos; y al final de la pradera empiezan unas avenidas de árboles hasta perderse de vista; y al extremo de estas avenidas, un río, a lo largo del cual hay mil quintas de recreo, con jardines deliciosos. Oye por doquier conciertos de voces y de instrumentos; ve bailes; se apresura a cruzar uno de los puentes del río; pregunta al primer hombre al que encuentra cuál es aquel hermoso país.

El hombre a quien se había dirigido le respondió:

-Os encontráis en la provincia de Cachemira; aquí veis a sus habitantes entregados al júbilo y a los placeres; celebramos las bodas de nuestra hermosa princesa, que va a casarse con el señor Barbarú, a quien su padre la ha prometido; ¡que Dios perpetúe su felicidad!

Al oír estas palabras Rustán cayó desvanecido, y el señor cachemiro creyó que era víctima de la epilepsia; le hizo llevar a su casa, en la que estuvo largo rato sin conocimiento. Fueron a llamar a los dos médicos más hábiles de la comarca; éstos tomaron el pulso al enfermo, quien, después de haber recuperado el conocimiento, sollozaba, ponía los ojos en blanco y exclamaba a cada momento:

-¡Topacio, Topacio, qué razón tenías!

Uno de los dos médicos dijo al señor cachemiro:

-Veo por su acento que es un joven de Kandahar, a quien el aire de este país no sienta bien; hay que devolverle a su tierra; veo en sus ojos que se ha vuelto loco; confiádmelo, yo le devolveré a su patria y le curaré.

El otro médico aseguró que sólo estaba enfermo de pesar, que había que llevarle a la boda de la princesa y hacerle bailar. Mientras ellos discutían, el enfermo recobró sus fuerzas; los dos médicos fueron despedidos y Rustán se quedó a solas con su huésped.

-Señor -le dijo-, os pido perdón por haberme desvanecido delante de vos, ya sé que esto es muy poco cortés; os suplico que os dignéis aceptar mi elefante como muestra de mi gratitud por las bondades con que me habéis honrado.

Luego le contó todas sus aventuras, guardándose mucho de hablarle del objeto de su viaje.

-Pero en nombre de Visnú y de Brahma -le dijo-, decidme quién es este feliz Barbarú que se casa con la princesa de Cachemira; por qué su padre le ha elegido como yerno y por qué la princesa le ha aceptado como esposo.

-Señor -le dijo el cachemiro-, la princesa está muy lejos de haber aceptado a Barbarú; por el contrario, está deshecha en llanto, mientras toda la provincia celebra con júbilo sus bodas; se ha encerrado en la torre de su palacio; no quiere ver ninguna de las fiestas que se celebran en su honor.

Rustán, al oír estas palabras, se sintió renacer; el brillo de sus colores, que el dolor había apagado, reapareció en su rostro.

-Decidme, os lo ruego -siguió-, ¿por qué el príncipe de Cachemira se obstina en dar su hija a un Barbarú que ella rechaza?

-He aquí lo ocurrido -respondió el cachemiro-. ¿Sabéis que nuestro augusto príncipe había perdido un gran diamante y un venablo por los que sentía gran aprecio?

-¡Ah! Claro que lo sé -dijo Rustán.

-Sabed, pues -dijo su huésped-, que nuestro príncipe, desesperado al no tener noticias de sus dos joyas, después de haberlas hecho buscar mucho tiempo por toda la tierra, prometió su hija a quien le devolviera el uno o el otro. Y se presentó un tal señor Barbarú con el diamante, y mañana se casa con la princesa.

Rustán palideció, farfulló un cumplido, se despidió de su huésped y, después de montar en su dromedario, se apresuró a dirigirse a la capital donde debía celebrarse la ceremonia. Llegó al palacio del príncipe; dijo que tenía algo importante que comunicarle; pidió una audiencia; le respondieron que el príncipe estaba ocupado con los preparativos de la boda.

-Precisamente es de eso de lo que quiero hablarle -dijo.

Tanto insistió, que por fin le dejaron pasar.

-Excelencia -dijo-, ¡que Dios corone todos vuestros días de gloria y de magnificencia! Vuestro yerno es un bribón.

-¿Un bribón? ¿Qué osáis decirme? ¿Es así como se habla a un duque de Cachemira del yerno que él ha elegido?

-Sí., un bribón -repitió Rustán-, y para demostrarlo a Vuestra Alteza, aquí tenéis vuestro diamante, que yo os traigo.

El duque, muy sorprendido, comparó los dos diamantes; y como él no entendía mucho en la materia, fue incapaz de decir cuál era el verdadero.

-Ahora tengo dos diamantes -dijo-, pero sólo tengo una hija; ¡qué situación más singular y embarazosa!

Mandó llamar a Barbarú y le preguntó si no le había engañado. Barbarú juró que había comprado su diamante a un armenio; el otro no decía de dónde había sacado el suyo, pero propuso una solución: rogó a Su Alteza que le permitiera combatir inmediatamente con su rival.

-No basta con que vuestro yerno dé un diamante -decía-; tiene también que dar pruebas de valor; ¿no os parece justo que el que dé muerte al otro se case con la princesa?

-Me parece muy bien -respondió el príncipe-, será un espléndido espectáculo para la corte; batíos los dos inmediatamente; el vencedor tomará las armas del vencido, según la costumbre de Cachemira, y se casará con mi hija.

Los dos pretendientes bajaron acto seguido al patio. En la escalera había una urraca y un cuervo. El cuervo gritaba: «Batíos, batíos; y la urraca: «No os batáis.» Esto hizo reír al príncipe; los dos rivales apenas le prestaron atención: empezaron el combate; todos los cortesanos formaban un círculo en torno a ellos. La princesa, que seguía voluntariamente encerrada en su torre, se negó a asistir a este espectáculo; estaba muy lejos de sospechar que su amado se encontraba en Cachemira, y sentía tanto horror por Barbarú, que no quería ver nada. El combate se desarrolló del mejor modo posible; Barbarú cayó muerto en seguida, y al pueblo le pareció de perlas, porque era feo y Rustán era muy buen mozo: casi siempre es esto lo que decide el favor público.

El vencedor revistió la cota de malla, la banda y el casco del vencido, y se dirigió, seguido de toda la corte y al son de las charangas, hasta el pie de las ventanas de su amada. Todo el mundo gritaba:

-Bella princesa, asomaos para ver a vuestro guapo marido que ha matado a su feo rival.

Sus doncellas le repitieron estas palabras. Por desgracia la princesa se asomó a la ventana, y, al ver la armadura de un hombre al que aborrecía, corrió desesperada a su cofre de China, y sacó de él el venablo fatal y lo lanzó, atravesando a su querido Rustán, que no llevaba la coraza; él profirió un penetrante grito, y por este grito la princesa creyó reconocer la voz de su desventurado amante.

Bajó desmelenada y con la angustia en los ojos y en el corazón. Rustán se había desplomado ensangrentado en los brazos de su padre. Ella le vio: ¡oh, qué momento, oh, qué visión, oh, qué reconocimiento, del que sería imposible expresar ni el dolor, ni el amor, ni el horror! Se arrojó sobre él, besándole:

-Ahora recibes -le dijo- los primeros y los últimos besos de tu amada y de tu asesina.

Retiró el venablo de la herida, se lo hundió en el corazón y murió sobre el amante al que adoraba. El padre, horrorizado, enloquecido, dispuesto a morir como ella, trató en vano de devolverla a la vida; la joven ya no existía; el príncipe maldijo entonces aquel venablo fatal, lo rompió en pedazos, arrojó a lo lejos sus dos diamantes funestos; y mientras preparaban los funerales de su hija, en lugar de su boda, hizo llevar a su palacio al ensangrentado Rustán, que aún conservaba un hálito de vida.

Le depositaron sobre una cama. Lo primero que vio a ambos lados de este lecho mortuorio fue a Topacio y a Ebano. Su sorpresa le devolvió un poco de fuerzas.

-¡Ah, crueles! -dijo-. ¿Por qué me habéis abandonado? Tal vez la princesa aún viviría si hubieseis permanecido junto al desventurado Rustán.

-Yo no os he abandonado ni un momento -dijo Topacio.

- Yo siempre he estado junto a vos -dijo Ebano.

-¡Ah! ¿Qué me decís? ¿Por qué insultar mis últimos momentos? -respondió Rustán con voz desfalleciente.

-Bien podéis creerme -dijo Topacio-; ya sabéis que nunca he aprobado este fatal viaje cuyas horribles consecuencias preveía. Yo era el águila que combatió con el buitre y que fue desplumada por él; yo era el elefante que se llevaba el equipaje para obligaros a volver a vuestra patria; yo era el asno rayado que os devolvía a pesar vuestro a la casa de vuestro padre; fui yo quien perdí vuestros caballos; yo quien formó el torrente que os cortó el paso; yo quien elevó la montaña que os impedía continuar un camino tan funesto; yo era el médico que os aconsejaba volver a respirar el aire natal; yo era la urraca que os gritaba que no combatieseis.

-Y yo -dijo Ebano- era el buitre que desplumó al águila; el rinoceronte que dio cien cornadas al elefante; el rústico que apaleaba al asno rayado; el mercader que os proporcionaba camellos para correr a vuestra perdición; yo construí el puente por el que pasasteis; yo cavé la caverna que atravesasteis; yo era el médico que os alentaba a andar; el cuervo que os gritaba que combatieseis.

-¡Ay de mí! Acuérdate de los oráculos -dijo Topacio-: «Si vas hacia Oriente, estarás en Occidente.»

-Si -dijo Ebano-, aquí sepultan a los muertos con la cara vuelta hacia Occidente: el oráculo era claro, ¿cómo no lo comprendiste? «Has poseído y no poseerás»; porque tenías el diamante, pero era falso y tú no lo sabías. Vences y mueres; eres Rustán y dejas de serlo: todo se ha cumplido.»

Mientras hablaba así, cuatro alas blancas cubrieron el cuerpo de Topacio y cuatro alas negras el de Ebano.

-¿Qué es lo que veo? -exclamó Rustán. Topacio y Ebano respondieron a un tiempo:

-Ves a tus dos genios.

-Pero, vamos a ver, señores -les dijo el desventurado Rustán-, ¿por qué teníais que mezclaros en todo eso? ¿Y por qué dos genios para un pobre hombre?

-Es la ley -dijo Topacio-; cada hombre tiene sus dos genios, Platón fue el primero en decirlo y luego otros lo han repetido; ya ves que nada es más verdad. Yo que te estoy hablando soy tu genio bueno, y mi deber era velar por ti hasta el último momento de tu vida; he cumplido fielmente mi misión.

-Pero -dijo el moribundo- si tu misión era servirme, es que yo soy de una naturaleza muy superior a la tuya; ¿y cómo te atreves a decirme que eres mi genio bueno cuando has dejado que me engañase en todo lo que he emprendido, y me dejas morir, a mí y a mi amada, miserablemente?

-¡Ay! Tal era tu destino -dijo Topacio. -Si es el destino el que lo hace todo -dijo el moribundo-, ¿para qué sirve un genio? Y tú, Ebano, con tus cuatro alas negras, por lo visto te has erigido en mi genio malo.

-Vos lo habéis dicho -respondió Ebano. -Pero entonces, ¿eras también el genio malo de mi princesa?

-No, ella tenía el suyo, y yo le he secundado perfectamente.

-¡Ah, maldito Ebano! Si tan malvado eres, no debes pertenecer al mismo amo que Topacio. ¿Es que los dos habéis sido formados por dos principios diferentes, uno de los cuales es bueno y el otro malo por su naturaleza?

-De una cosa no se deduce la otra -dijo Ebano-, ésta es una gran dificultad.

-No es posible -siguió diciendo el agonizante- que un ser favorable haya hecho un genio tan funesto.

-Posible o no posible -contestó Ebano-, la cosa es tal como te digo.

-¡Ay! -dijo Topacio-. Mi pobre amigo, ¿no ves que este granuja aún tiene la malicia de hacerte discutir para encenderte la sangre y apresurar la hora de tu muerte?

-Pues mira, yo no estoy mucho más contento de ti que de 61 -dijo el triste Rustán-; al menos él reconoce que ha querido perjudicarme; y tú, que pretendías defenderme, no me has servido de nada.

-Lo cual siento muchísimo -dijo el buen genio.

-Y yo también -dijo el moribundo-; hay algo en el fondo de todo eso que no comprendo.

-Ni yo tampoco -dijo el pobre genio bueno.

-Dentro de un momento lo sabré -dijo Rustán.

-Esto es lo que vamos a ver -dijo Topacio.

Entonces todo desapareció. Rustán se encontró en la casa de su padre, de la que no había salido, y en su cama, en la que había dormido una hora.

Se despertó con sobresalto, bañado en sudor, asustado; se palpó el cuerpo, llamó, gritó, agitó la campanilla. Su ayuda de cámara, Topacio, acudió con su gorro de dormir, y bostezando.

-¿Estoy muerto, o vivo? -exclamó Rustán-. ¿Se salvará la bella princesa de Cachemira?

-¿Ha soñado el señor? -respondió fríamente Topacio.

-¡Ah! -exclamó Rustán-. ¿Qué se ha hecho de ese bárbaro de Ebano con sus cuatro alas negras? Él es quien me hace morir de una muerte tan cruel.

-Señor, le he dejado arriba, está roncando; ¿queréis que le haga bajar?

-¡El malvado! Hace seis meses enteros que me persigue; él es quien me llevó a aquella feria fatal de Kabul; fue él quien me sustrajo el diamante que me había dado la princesa; él fue la única causa de mi viaje, de la muerte de la princesa y de la herida de venablo de la que muero en la flor de la edad.

-Tranquilizaos -dijo Topacio-; vos nunca habéis estado en Kabul; en Cachemira no hay ninguna princesa; su padre sólo ha tenido dos varones que actualmente están en el colegio. Vos nunca habéis tenido un diamante; la princesa no puede haber muerto, puesto que nunca nació; y vos os encontráis en perfecto estado de salud.

-Pero ¿cómo? ¿No es verdad que tú me asistías en la hora de mi muerte, en la cama del príncipe de Cachemira? ¿No has confesado que para protegerme de tantas desdichas habías sido águila, elefante, asno rayado, médico y urraca?

-El señor ha debido de soñar todo eso: cuando dormimos, nuestras ideas ya no dependen de nosotros como en la vigilia. Dios ha querido que esta sarta de ideas os haya pasado por la cabeza probablemente para daros alguna instrucción que os será provechosa.

-Te estás burlando de mí -le contestó Rustán-. ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?

-Señor, habéis dormido menos de una hora.

-Pues bien, maldito disputador, ¿cómo quieres que en una hora haya ido a la feria de Kabul hace seis meses, que haya regresado, que haya hecho el viaje a Cachemira, y que estemos muertos Barbarú, la princesa y yo?

-Señor, nada más fácil ni más ordinario, e igualmente hubierais podido dar la vuelta al mundo y correr muchas más aventuras en mucho menos tiempo. ¿No es cierto que podéis leer en una hora el compendio de la historia de los persas, escrita por Zoroastro? Y sin embargo, este compendio abarca ochocientos mil años. Todos estos acontecimientos desfilan ante vuestros ojos uno tras otro en una hora; ahora bien, tendréis que convenir conmigo en que a Brahma le es tan fácil meterlos todos en el espacio de una hora como extenderlos en el espacio de ochocientos mil años; esto es exactamente la misma cosa. Figuraos que el tiempo gira sobre una rueda cuyo diámetro es infinito. Bajo esta rueda inmensa hay una multitud innumerable de ruedas, unas dentro de otras; la del centro es imperceptible y da un número infinito de vueltas exactamente en el mismo tiempo que invierte la rueda grande en dar una sola vuelta. Es evidente que todos los hechos, desde el comienzo del mundo hasta su fin, pueden ocurrir sucesivamente en mucho menos tiempo de una cienmilésima parte de segundo; e incluso puede decirse que la cosa es así.

-No comprendo nada -dijo Rustán.

-Si me lo permitís -dijo Topacio-, tengo un loro que os lo hará comprender fácilmente. Nació poco tiempo antes del diluvio y estuvo en el arca de Noé; ha visto muchas cosas; y no obstante solamente tiene un año y medio; él os contará su historia, que es muy interesante.

-Id en seguida a buscar vuestro loro -dijo Rustán-; él me distraerá hasta que pueda volver a conciliar el sueño.

-Lo tiene mi hermana la religiosa dijo Topacio-: voy a buscarlo, estoy seguro de que quedaréis contento; su memoria es fiel, cuenta las cosas con toda sencillez, sin aspirar a lucir su ingenio en todo momento, y sin hacer grandes frases.

-Miel sobre hojuelas -dijo Rustán-, así es como me gustan los cuentos.

Le llevaron el loro, el cual habló del modo siguiente:


N. B. La señorita Catherine Vadé hasta ahora no ha podido encontrar la historia del loro en el cartapacio de su difunto primo Antoine Vadé, autor de este cuento. Es una verdadera lástima, dado el tiempo en que había vivido el tal loro.

Un hombre irascible. Cuento de Antón Chéjov

Un hombre irascible
Antón Chéjov


Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a la filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia económica, y escribo una disertación bajo el título de El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Usted comprenderá que las mujeres, las novelas, la luna y otras tonterías por el estilo me tienen completamente sin cuidado.
Son las diez de la mañana. Mi mamá me sirve una taza de café con leche. Lo bebo, y salgo al balconcito para ponerme inmediatamente a mi trabajo. Tomo un pliego de papel blanco, mojo la pluma en tinta y caligrafío El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Reflexiono un poco y escribo: «Antecedentes históricos: A juzgar por indicios que nos revelan Heródoto y Jenofonte, el impuesto sobre los perros data de...»; en este momento oigo unos pasos muy sospechosos. Miro hacia abajo y veo a una señorita con cara larga y talle largo; se llama, según creo, Narinka o Varinka; pero esto no hace al caso; busca algo y aparenta no haberse fijado en mí. Canta:

Te acuerdas de este cantar apasionado.

Leo lo que escribí y pretendo seguir adelante. Pero la muchacha parece haberme visto, y me dice en tono triste:

-Buenos días, Nicolás Andreievitch. Imagínese mi desgracia. Ayer salí de paseo, y se me perdió el dije de mi pulsera...

Leo de nuevo el principio de mi disertación, rectifico el rabo de la letra b y quiero continuar; más la muchacha no me deja.

-Nicolás Andreievitch -añade-, sea usted lo bastante amable para acompañarme hasta mi casa. En la de Karenin hay un perro enorme, y yo no me atrevo a ir sola.

¿Qué hacer? Dejo a un lado mi pluma y desciendo. Narinka o Varinka me toma del brazo y ambos nos encaminamos a su morada. Cuando me veo precisado a acompañar a una señora o a una señorita me siento como un gancho, del cual pende un gran abrigo de pieles. Narinka o Varinka tiene un temperamento apasionado -entre paréntesis, su abuelo era armenio-. Ella sabe a maravilla colgarse del brazo y pegarse a las costillas de su acompañante como una sanguijuela. De esta suerte, proseguimos nuestra marcha. Al pasar por delante de la casa de los Karenin veo al perro y me acuerdo del tema de mi disertación. Recordándolo, suspiro.

-¿Por qué suspira usted? -me pregunta Narinka o Varinka. Y ella a su vez suspira.

Aquí debo dar una explicación: Narinka o Varinka -de repente me doy cuenta de que se llama Masdinka- se figura que estoy enamorado de ella, y se le antoja un deber de humanidad compadecerme y curar la herida de mi corazón.

-Escuche -me dice-, yo sé por qué suspira usted. Usted ama, ¿no es verdad? Le prevengo que la joven por usted amada tiene por usted un profundo respeto. Ella no puede corresponderle con su amor; mas no es suya la culpa, porque su corazón pertenece a otro, tiempo ha.

La nariz de Masdinka se enrojece y se hincha; las lágrimas afluyen a sus ojos. Ella espera que yo le conteste; pero, felizmente, hemos llegado. En la terraza se encuentra la mamá de Masdinka, una persona excelente, aunque llena de supersticiones. La dama contempla el rostro de su hija; y luego se fija en mí, detenidamente, suspirando, como si quisiera exclamar: « ¡Oh, juventud, que no sabe disimular sus sentimientos!»

Además de la mamá están sentadas en la terraza señoritas de matices diversos y un oficial retirado, herido en la última guerra en la sien derecha y en el muslo izquierdo. Este infeliz quería, como yo, consagrar el verano a la redacción de una obra intitulada Memorias de un militar. Al igual que yo, aplicase todas las mañanas a la redacción de su libro; pero apenas escribe la frase «Nací en tal año...», aparece bajo su balcón alguna Varinka o Masdinka, que está allí como de centinela. Cuantos se hallan en la terraza se ocupan en limpiar frutas, para hacer dulce con ellas. Saludo y me dispongo a marchar; pero las señoritas de diversos matices esconden mi sombrero y me incitan a que no me vaya. Tomo asiento. Me dan un plato con fruta y una horquilla, a fin de que proceda, como los demás, a la operación de extraer el hueso. Las señoritas hablan de sus cortejadores; fulano es guapo; mengano lo es también, pero no es simpático; zutano es feo, aunque simpático; perengano no está mal del todo, pero su nariz semeja un dedal, etc.

-Y usted, Nicolás -me dice la mamá de Masdinka-, no tiene nada de guapo; pero le sobra simpatía; en usted hay un no sé qué... La verdad es -añade suspirando- que para un hombre lo que vale no es la hermosura, sino el talento.

Las jóvenes me miran y en seguida bajan los ojos. Ellas están, sin duda, de acuerdo en que para un hombre lo más importante no es la hermosura, sino el talento. ME observo, a hurtadillas, en el espejo para ver si, realmente, soy simpático. Veo a un hombre de tupida melena, barba y bigote poblado, cejas densas, vello en la mejilla, vello debajo de los ojos, todo un conjunto velludo, en medio del cual descuella, como una torre sólida, su nariz.

-No me parezco mal del todo...

-Pero en usted, Nicolás, son las cualidades morales las que llevan ventaja -replica la mamá de Masdinka.

Narinka sufre por mí; pero al propio tiempo, la idea de que un hombre está enamorado de ella la colma de gozo. Ahora charlan del amor. Una de las señoritas se levanta y se va; todas las demás empiezan a hablar mal de ella. Todas, todas la hallan tonta, insoportable, fea, con un hombro más bajo que otro. Por fin aparece mi sirvienta, que mi madre envió para llamarme a comer. Puedo, gracias a Dios, abandonar esta sociedad estrambótica y entregarme nuevamente a mi trabajo. Me levanto y saludo. Pero la mamá de Narinka y las señoritas de diversos matices me rodean y me declaran que no me asiste el derecho de marcharme porque ayer les prometí comer con ellas y después de la comida ir a buscar setas en el bosque. Saludo y vuelvo a tomar asiento... En mi alma hierve la irritación. Presiento que voy a estallar; pero la delicadeza y el temor de faltar a las conveniencias sociales me obligan a obedecer a las señoras, y obedezco. Nos sentamos a comer. El oficial retirado, que por efecto de su herida en la sien tiene calambres en las mandíbulas, come a la manera de un caballo provisto de su bocado. Hago bolitas de pan, pienso en la contribución sobre los perros, y, consciente de mi irascibilidad, me callo. Narinka me observa con lástima. Okroschka, lengua con guisantes, gallina cocida, compota. Me falta apetito; pero engullo por delicadeza. Después de comer voy a la terraza para fumar; en esto se me acerca la mamá de Masdinka y me dice con voz entrecortada:

-No desespere usted, Nicolás... Su corazón es de... Vamos al bosque.

Varinka se cuelga de mi brazo y establece el contacto. Sufro inmensamente; pero me aguanto.

-Dígame, señor Nicolás -murmura Narinka-, ¿por qué está usted tan triste, tan taciturno?

¡Extraña muchacha! ¿Qué se le debe responder? ¡Nada tengo que decirle!

-Hábleme algo -añade la joven.

En vano busco algo vulgar, accesible a su intelecto. A fuerza de buscar, lo encuentro, y me decido a romper el silencio.

-La destrucción de los bosques es una cosa perjudicial a Rusia.

-Nicolás -suspira Varinka, mientras su nariz se colorea-, usted rehúye una conversación franca... Usted quiere asesinarme con su reserva... Usted se empeña en sufrir solo...

Me coge de la mano, y advierto que su nariz se hincha; ella añade:

-¿Qué diría usted si la joven que usted quiere le ofreciera una amistad eterna?

Yo balbuceo algo incomprensible, porque, en verdad, no sé qué contestarle; en primer lugar, no quiero a ninguna muchacha; en segundo lugar, ¿qué falta me hace una amistad eterna? En tercer lugar, soy muy irritable. Masdinka o Varinka se cubre el rostro con las manos y dice a media voz, como hablando consigo misma: «Se calla...; veo que desea mi sacrificio. ¿Pero cómo lo he de querer, si todavía quiero al otro?... Lo pensaré, sí, lo pensaré; reuniré todas las fuerzas de mi alma, y, a costa de mi felicidad, libraré a este hombre de sus angustias».

No comprendo nada. Es un asunto cabalístico. Seguimos el paseo silencioso. La fisonomía de Narinka denota una lucha interior. Se oye el ladrido de los perros. Esto me hace pensar en mi disertación, y suspiro de nuevo. A lo lejos, a través de los árboles, descubro al oficial inválido, que cojea atrozmente, tambaleándose de derecha a izquierda, porque del lado derecho tiene el muslo herido, y del lado izquierdo tiene colgada de su brazo a una señorita. Su cara refleja resignación. Regresamos del bosque a casa, tomamos el té, jugamos al croquet y escuchamos cómo una de las jóvenes canta:

Tú no me amas, no...

Al pronunciar la palabra «no», tuerce la boca hasta la oreja.

Charmant, charmant, gimen en francés las otras jóvenes. Ya llega la noche. Por detrás de los matorrales asoma una luna lamentable. Todo está en silencio. S e percibe un olor repugnante de heno cortado. Tomo mi sombrero y me voy a marchar.

-Tengo que comunicarle algo interesante -murmura Masdinka a mi oído.

Abrigo el presentimiento de que algo malo me va a suceder, y, por delicadeza, me quedo. Masdinka me coge del brazo y me arrastra hacia una avenida. Toda su fisonomía expresa una lucha. Está pálida, respira con dificultad; diríase que piensa arrancarme el brazo derecho. « ¿Qué tendrá?», pienso yo.

-Escuche usted; no puedo...

Quiere decir algo; pero no se atreve. Veo por su cara que, al fin, se decide. Me lanza una ojeada, y con la nariz, que va hinchándose gradualmente, me dice a quema ropa:

-Nicolás, yo soy suya. No lo puedo amar; pero le prometo fidelidad.

Se aprieta contra mi pecho y retrocede poco después.

-Alguien viene, adiós; mañana a las once me hallaré en la glorieta.

Desaparece. Yo no comprendo nada. El corazón me late. Regreso a mi casa. El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros me aguarda; pero trabajar me es imposible. Estoy rabioso. Me siento terriblemente irritado. Yo no permito que se me trate como a un chiquillo. Soy irascible, y es peligroso bromear conmigo. Cuando la sirvienta me anuncia que la cena está lista, la despido brutalmente:

-¡Váyase en mal hora!

Una irritabilidad semejante nada bueno promete. Al otro día, por la mañana, el tiempo es el habitual en el campo. La temperatura fría, bajo cero. El viento frío; lluvia, fango y suciedad. Todo huele a naftalina, porque mi mamá saca a relucir su traje de invierno. Es el día 7 de agosto de 1887, día del eclipse de sol. Hay que advertir que cada uno de nosotros, aun sin ser astrónomo, puede ser de utilidad en esta circunstancia. Por ejemplo: cada uno puede, primero, marcar el diámetro del sol con respecto al de la luna; segundo, dibujar la corona del sol; tercero, marcar la temperatura; cuarto, fijar en el momento del eclipse la situación de los animales y de las plantas; quinto, determinar sus propias impresiones, etcétera. Todo esto es tan importante, que por el momento resuelvo dejar aislado el impuesto sobre los perros. Me propongo observar el eclipse. Todos nos hemos levantado muy temprano. Reparto el trabajo en la forma siguiente: yo calcularé el diámetro del sol y de la luna; el oficial herido dibujará la corona. Lo demás correrá a cargo de Masdinka y de las señoritas de diversos matices.

-¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.

Yo contesto:

-Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.

-¿Y qué es la elíptica?

Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me pregunta:

-¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea que junta los centros del sol y de la tierra?

-Es una línea imaginaria -le contesto.

-Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible que la luna se sitúe en ella?

No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.

-Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras fantasías.

Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos, se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y grita con voz de trueno: « ¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.

-¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de diversos matices.

-Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el diámetro.

Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado, inmóvil.

-¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?

El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:

-No se olvide usted: hoy, a las once.

Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al suelo. ¡Diantre! Hora es que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.

-¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.

Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.

-Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la cola.

Nada resulta, pues, de mis observaciones. Me voy a casa. Llueve, y no me asomo al balconcito. El oficial herido se arriesga a salir a su balcón, y hasta escribió: «He nacido en...» Pero desde mi ventana veo cómo una de las señoritas de marras lo llama, con el fin de que vaya a su casa. Trabajar me es imposible. El corazón me late con violencia. No iré a la cita de la glorieta. Es evidente que cuando llueve yo no puedo salir a la calle. A las doce recibo una esquelita de Masdinka, la cual me reprende, y exige que me persone en la glorieta, tuteándome. A la una recibo una segunda misiva, y a las dos una tercera. Hay que ir, no cabe duda. Empero, antes de ir, debo pensar qué es lo que habré de decirle. Me comportaré como un caballero. En primer lugar, le declararé que es inútil que cuente con mi amor; no, semejante cosa no se le dice a las mujeres; decir a una mujer «yo no la amo», es como decir a un escritor: «usted escribe mal». Le expondrá sencillamente mi opinión acerca del matrimonio. Me pongo, pues, el abrigo de invierno, empuño el paraguas y me dirijo a la glorieta. Conocedor como soy de mi carácter irritable, temo cometer alguna barbaridad. Me las arreglaré para refrenarme. En la glorieta, Masdinka me espera. Narinka está pálida y solloza. Al verme prorrumpe en una exclamación de alegría y se agarra a mi cuello.

-Por fin; ya abusas de mi paciencia. No he podido cerrar los ojos en toda la noche. He pensado durante la noche, y a fuerza de pensar, saqué en consecuencia que cuando te conozca mejor te podré amar.

Me siento a su lado; le expongo mi opinión acerca del matrimonio. Por no alejarme del tema y abreviarlo hago sencillamente un resumen histórico. Hablo del casamiento entre los egipcios; paso a los tiempos modernos; intercalo algunas ideas de Schopenhauer. Masdinka me presta atención, pero luego, sin transición, me dice:

-Nicolás, dame un beso.

Estoy molesto. No sé qué hacer. Ella insiste. ¿Qué hacer? Me levanto y le beso su larga cara. Ello me produce la misma sensación que experimenté cuando, siendo niño, me obligaron a besar el cadáver de mi abuela. Varinka no parece satisfecha. Salta y me abraza. En el mismo momento, la mamá de Masdinka aparece en el umbral de la puerta. Hace un gesto de espanto; dice a alguien: « ¡spch», y desaparece como Mefistófeles, por escotillón. Incomodado, me encamino nuevamente a mi casa. En ella me encuentro a la mamá de Varinka, que abraza, con lágrimas en los ojos, a mi mamá. Ésta llora y exclama: «Yo misma lo deseaba». A renglón seguido: « ¿Qué les parece a ustedes?» La mamá de Varinka se acerca a mí, me abraza y me dice: « ¡Que Dios te bendiga! Tú has de amarla. No olvides jamás que ella se sacrifica por ti.»

He aquí que me casan. Mientras esto escribo, los testigos del matrimonio se encuentran cerca de mí y me dan prisa. Decididamente esta gente no conoce mi irascibilidad. Soy terrible. No respondo de mí. ¡Por vida de!... Ustedes adivinarán lo que puede ocurrir. Casar a un hombre irritado, rabioso, es igual que meter la mano en la jaula de un tigre. Veremos cuál será el desenlace final...

Estoy casado... Todos me felicitan. Varinka se apoya contra mí y me dice:

-Ahora sí que eres mío. Sé que me amas, ¡dilo!

Su nariz se hincha. Me entero por los testigos de que el oficial retirado fue bastante hábil para esquivar el casamiento. A una de las señoritas le exhibió un certificado médico según el cual, a causa de su herida en la sien, no tiene sano juicio, y, por tanto, le está prohibido contraer matrimonio. ¡Qué idea! Yo también pude presentar un certificado. Uno de mis tíos fue borracho. Otro era distraído. En cierta ocasión, en lugar de una gorra, se cubrió la cabeza con un manguito de señora. Una tía mía era muy aficionada al piano, y sacaba la lengua al tropezar con un hombre. Además, mi carácter extremadamente irritable induce a sospechas. ¿Por qué las buenas ideas acuden a la mente siempre demasiado tarde?...