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sábado, 29 de septiembre de 2018

Uno de mis más viejos amigos. Cuento de F. Scott. Fitzgerald.


Uno de mis más viejos amigos
F. Scott Fitzgerald


Marion se había sentido feliz toda la tarde. Vagaba de una habitación a otra del pequeño apartamento, entrando en el cuarto de los niños para ayudar a la niñera a darles de comer con cucharas chorreantes o leyendo a ratos en su nuevo sofá, el objeto más extravagante que habían comprado en cinco años de matrimonio.

Cuando oyó los pasos de Michael en el vestíbulo, levantó la cabeza y prestó atención; le gustaba oírle caminar, siempre con cuidado, como si los niños estuvieran durmiendo muy cerca.

-Michael.

-Ah, hola -él entró en la habitación; era un hombre alto, fuerte y delgado, de treinta años, con frente amplia y ojos negros y tiernos-. Tengo que contarte algo -dijo enseguida-. Charley Hart se va a casar.

-¡No!

Él reafirmó con la cabeza.

-¿Con quién?

-Con una de las chicas del pueblo -titubeó-. Llega mañana a Nueva York y creo que deberíamos hacer algo por ellos mientras estén aquí. Charley es uno de mis más viejos amigos.

-Invitémoslos a cenar…

-Me gustaría hacer algo más -la interrumpió él-. Quizás ir al teatro -volvió a titubear-. Sería un bonito gesto hacia él, ¿me entiendes?

-Muy bien -asintió Marion-. Pero no debemos gastar mucho. Y no creo que estemos obligados

Él la miró sorprendido

-Quiero decir -siguió Marion- que últimamente hemos visto poco a Charley. En realidad, no lo vemos casi nunca.

-Bueno ya sabes cómo son las cosas en Nueva York -explicó Michael, en tono de disculpa-. Está tan ocupado como yo. Ahora es muy conocido y supongo que lo buscan continuamente.

Siempre hablaban de Charley Hart como de su más viejo amigo. Cinco años atrás, al casarse Michael y Marion, habían llegado los tres juntos desde la misma ciudad del Oeste. Durante más de un año lo habían visto casi todos los días, sin evitar que se enterara de una sola disputa doméstica, del más mínimo vaivén de sus sueños y esperanzas. Su aparición en los momentos de dificultad siempre otorgaba a la situación un giro agradable y humorístico.

Claro que los niños habían abierto una brecha y ahora hacía varios años que no llamaban a Charley a medianoche para anunciarle que se había roto la tubería o se les estaba cayendo el techo sobre la cabeza. Pero la separación había sido tan gradual que Michael aún hablaba de Charley con el orgullo de alguien que ve a un amigo todos los días Durante un tiempo, Charley había cenado con ellos una vez por mes y los tres tenían mucho que contarse, pero los encuentros ya no terminaban con un «Te telefonearé mañana». Por el contrario, se oía un «Tendrás que venir a vernos más a menudo» o incluso después de tres o cuatro años, un «Nos veremos pronto».

-Oh, tengo muchas ganas de organizar una fiesta íntima -dijo Marion mirando a su alrededor especulativamente-. ¿Han hablado de alguna fecha en concreto?

-La semana que viene -los ojos oscuros de él escrutaron vagamente el suelo-. Podemos quitar las alfombras o algo así.

-No -sacudió ella la cabeza-. Daremos una cena para ocho personas, muy formal, y después jugaremos a las cartas.

Ya estaba pensando a quién podía invitar. Por supuesto que Charley, siendo artista, seguramente veía todos los días a gente interesante.

-Podemos llamar a los Willoughby -sugirió, poco convencida-. Ella es actriz, o algo por el estilo… Y él escribe para el cine.

-No, no me parece -objetó Michael-. Debe ver a gente como ésa todos los días en el almuerzo y la cena, y ya no podrá soportarlos. Además, fuera de los Willoughby, ¿a quién más conocemos como ellos? Se me ocurre algo mejor. Reunamos alguna gente que haya llegado aquí desde el mismo sitio. Todos  han seguido la carrera de Charley y probablemente les gustaría volver a verlo. Me gustaría que comprobaran que la fama no lo ha echado a perder y que sigue siendo una persona humilde.

Después de discutir un rato se pusieron de acuerdo y Marion llamó por teléfono al primer invitado.

-Es para conocer a la novia de Charley Hart -explicó-. Charley Hart, el artista. Es uno de nuestros más viejos amigos, ¿sabes?

A medida que avanzaban los preparativos aumentaba su entusiasmo. Alquiló una camarera para que el servicio fuese impecable y convenció a la florista del vecindario para que le hiciera personalmente los adornos florales. Toda la gente «de su tierra» había aceptado con mucho gusto y el número de invitados había llegado a la docena.

-¿De qué hablaremos, Michael? -preguntó, inquieta, la víspera de la fiesta-. Imagina que todo sale mal y la gente se enfada y se va a su casa…

Él se rió.

-No pasará eso. Ten en cuenta que todas estas personas se conocen.

El teléfono hizo notar su presencia sobre la mesa y Michael contestó.

-Diga. Ah, hola, Charley.

Marion se quedó rígida en su silla.

-¿De verdad? Bueno, lo siento mucho. Lo siento muchísimo… Espero que no sea nada grave.

-¿No puede venir?-exclamó Marion, sin poder evitarlo.

-Chitón -siseó él, y después, al teléfono-: Lo siento, de veras, Charley. No, para nosotros no es ningún problema. Sólo sentimos que estés enfermo.

Michael colgó con un gesto tétrico.

-La Lawrence tuvo que marcharse a su casa anoche y Charley está en cama con un cólico.

-¿Entonces no puede venir?

-No puede.

El rostro de Marion se contrajo repentinamente y se le llenaron los ojos de lágrimas.

-Dice que el médico estuvo todo el día con él -explicó Michael-. Tiene fiebre y ni siquiera querían dejarlo hablar por teléfono.

-¿Y a mí qué me importa? -sollozó Marion-. Me parece horrible. Después de invitar a todos esos amigos para que lo vieran…

-La gente no puede evitar caer enferma

-Sí que puede -protestó ella, sin ninguna lógica-. Hay maneras de evitarlo. Y si la chica se fue anoche, ¿por qué no nos lo dijo?

-Dijo que se marchó inesperadamente. Hasta ayer por la tarde estaban seguros de venir los dos.

-Creo que no le importa un comino. Apuesto a que se ha alegrado de caer enfermo. Si le importara la hubiera traído hace mucho tiempo para que la conociéramos.

De pronto se levantó

-Te diré una cosa -se dirigió a él con vehemencia-. Lo que haré será telefonear a todo el mundo y decirles que se ha suspendido la fiesta.

-No, Marion…

Pero a pesar de sus tibias protestas, ella descolgó el teléfono y empezó a buscar el primer número.

Al día siguiente, compraron entradas para el teatro con la esperanza de colmar el vacío que acarrearía la noche. Cuando a las cinco la florista, a la que nada se le había dicho, se presentó con cajas de flores, Marion se echó a llorar y tuvo la sensación de que debería escaparse de casa para evitar los fantasmas que iban a poblarla. Comieron en silencio una sofisticada cena compuesta por todo lo que habían comprado para la fiesta.

-Son sólo las ocho -dijo Michael cuando terminaron-. Pienso que quedaría bien pasar a ver a Charley un minuto, ¿no te parece?

-Pues no -respondió Marion, asombrada-. No se me hubiera ocurrido.

-¿Por qué no? Si está muy enfermo, me gustaría saber si lo cuidan bien.

Ella se dio cuenta de que ya lo había decidido, de modo que se hizo de la idea y fueron en taxi hasta un alto edificio de apartamentos en la avenida Madison.

-Entra tú -dijo Marion, nerviosa-. Será mejor que yo te espere aquí.

-Ven, por favor.

-¿Para qué? Estará en cama y no querrá que entren mujeres.

-Pero se alegrará al verte. Lo animarás. Y sabrá que no estamos enfadados por lo de esta noche. Cuando llamó, parecía terriblemente deprimido.

La hizo bajar del taxi.

-Quedémonos un minuto, nada más -susurró, tensa, mientras subían en el ascensor-. La obra empieza a las ocho y media.

-La puerta de la derecha -dijo el ascensorista.

Tocaron el timbre y esperaron. La puerta se abrió y entraron en el gran estudio de Charley Hart.

Estaba lleno de gente -una larga mesa alumbrada por lámparas y adornada con helechos y rosas frescas había sido dispuesta de punta a punta, y el aire ligeramente humeante estaba invadido por un murmullo de risas y palabras. Veinte mujeres sentadas a un lado, vestidas de noche, charlaban a través de las flores con veinte hombres en medio de un júbilo nacido del chispeante borgoña que se derramaba desde las botellas en las copas heladas. En una zona de la alta y estrecha galería que rodeaba la sala, un cuarteto de cuerdas tocaba algo de Stravinsky en una clave que se adecuaba al tono de voz de las mujeres y llenaba el aire como un vino musical.

La puerta había sido abierta por un camarero que se hizo a un lado con deferencia para dar paso a los que consideró dos huéspedes retrasados, y de inmediato un buen mozo que ocupaba la cabecera de la mesa se levantó, servilleta en mano, para quedarse paralizado al mirar a los advenedizos. La conversación se disolvió en un semisilencio y todos los ojos, tras los de Charley, miraron a la pareja que acababa de entrar. Luego, como si se hubiera roto el hechizo, la conversación volvió a desatarse y cobró intensidad palabra por palabra. El momento había terminado.

-¡Vámonos!

El susurro bajo y aterrado de Marion le llegó a Michael desde un hueco, y por un instante se creyó poseído por la ilusión de que, después de todo, en la sala no había nadie más que Charley. Luego se le aclararon los ojos y descubrió que había mucha gente. ¡Nunca había visto tanta! La música se convirtió súbitamente en un tumulto de metales, y un vendaval desatado por las trompetas pareció acometerlos. Sin volverse, los dos retrocedieron ciegamente hasta el pasillo y cerraron la puerta al salir.

-¡Marion…!

Había corrido hasta el ascensor y tenía un dedo apretado contra el timbre, cuyo sonido resonaba en todo el pasillo como una nota aguda perteneciente a la música de dentro. De pronto se abrió la puerta del apartamento y Charley Hart salió al pasillo.

-¡Michael! -gritó-. ¡Michael y Marion, quiero explicarles! Entren. Les digo que quiero explicarles.

Hablaba con ansiedad, con el rostro enrojecido y la boca dando forma a una o dos palabras que no lograban materializarse.

-Date prisa, Michael -dijo tensamente la voz de Marion, desde la puerta del ascensor.

-¡Dejen que les explique! -gritó Charley con desesperación-. Quiero…

Michael se apartó de él -llegó al ascensor y la puerta se abrió con un siseo metálico.

-Actúan como si hubiese cometido un crimen -Charley seguía a Michael por el pasillo-. ¿No pueden comprender que todo es un accidente?

-Muy bien -murmuró Michael-. Lo comprendo.

-No, no lo comprendes -la voz de Charley se elevó, exasperada. Se estaba enfureciendo con ellos, como en un esfuerzo para justificar su propia e intolerable posición-. Se marchan enfadados cuando les acabo de pedir que se queden. ¿Para qué han venido si no se van a quedar? ¿No…?

Michael entró en el ascensor.

-¡Abajo, abajo! -gritó Marion-. ¡Oh, quiero bajar, por favor!

La puerta se cerró.

Le indicaron al taxista que los llevara directamente a su casa; ninguno de los dos hubiera podido soportar la función teatral. En el camino, Michael hundió su cara en las manos e intentó convencerse de que la amistad que tanto había significado para él había terminado. Ahora se daba cuenta de que había concluido tiempo atrás, que durante el último año Charley no había buscado la compañía de ellos ni una vez, y el impacto del descubrimiento era más fuerte que el de la afrenta recibida.

Cuando llegaron a su apartamento, Marion, que no había pronunciado en el taxi una sola palabra, entró en la sala y obligó a su esposo a sentarse.

-Voy a contarte algo que deberías saber -empezó-. Probablemente nunca lo habría hecho de no haber sido por lo que ha sucedido esta noche. Pero ahora creo que tienes que oír la historia entera -dudó un momento-. En primer lugar, Charley Hart no era amigo tuyo en absoluto.

-¿Qué?

Él la miró, estupefacto.

-Que no era amigo tuyo -repitió ella-. Durante años lo fue. Era amigo mío.

-Bueno, Charley era…

-Sé lo que vas a decir: que Charley era amigo de los dos. Pero no es cierto. No sé qué sentía por ti al principio, pero dejó de ser amigo tuyo hace tres o cuatro años.

-Bien -los ojos de Michael chispeaban de perplejidad-, si eso es verdad, ¿por qué pasaba con nosotros tanto tiempo?

-Por mí -dijo Marion con firmeza-. Estaba enamorado de mí.

-¿Qué? -Michael se rió incrédulamente-. Estás soñando. Sé que lo decía bromeando…

-No bromeaba -interrumpió ella-. En el fondo no. Empezó haciendo chistes… y terminó pidiéndome que me escapara con él.

Michael frunció el ceño.

-Sigue -dijo tranquilamente-. Supongo que si no fuera verdad no me lo contarías. Pero no parece real. ¿Así que de repente empezó a… a…?

Cerró la boca bruscamente, incapaz de emitir palabras.

-Empezó una noche, mientras los tres estábamos en un baile -Marion vaciló-. Y al principio me gustaba. Tenía una capacidad especial para descubrir cosas: vestidos, sombreros, mis nuevos peinados. Era una buena compañía. Siempre se las ingeniaba para hacerme sentir importante, en cierto modo, y atractiva. No vayas a creer que prefería estar con él que contigo. No era así. Sabía cuán absolutamente egoísta era y qué desaprensivo. Pero supongo que lo alentaba porque me hacía gracia. Era una faceta nueva de Charley y era divertida, como casi todo lo que hacía él.

-Sí -admitió Michael con un esfuerzo-. Supongo que era… cómicamente divertido.

-Al principio te seguía queriendo. No se le ocurría que pudiera estar traicionándote. No hacía más que obedecer a un impulso natural, eso era todo. Pero unas semanas después empezó a encontrarte en medio de su camino. Quiso llevarme a cenar sola y no pudo ser. Bueno, esa clase de situaciones se repitieron durante más de un año.

-¿Entonces qué pasó?

-No pasó nada. Empezó a dejar de visitarnos.

Michael se levantó lentamente.

-¿Quieres decir…?

-Espera un minuto. Si piensas un poco te darás cuenta de que no podía ser de otro modo. Cuando vio que yo intentaba calmar las cosas para que volviera a ser simplemente uno de nuestros más viejos amigos, se apartó. No quería ser uno de nuestros más viejos amigos. Eso había terminado.

-Entiendo.

-Bueno -Marion se levantó y empezó a morderse nerviosamente el labio-. Esto es todo. Se me ocurrió que lo de esta noche te lastimaría menos si comprendías todo el asunto.

-Sí -respondió Michael con voz inexpresiva-. Supongo que tienes razón.

Michael atravesó una racha de prosperidad en sus negocios y al llegar el verano alquilaron una pequeña granja vieja en el campo, donde los niños jugaban todo el día en una intrincada extensión de hierba y árboles. El tema de Charley jamás fue mencionado durante esos meses y por fin llegó a convertirse en una sombra relegada a un rincón de sus mentes. A veces, justo antes de dormirse, Michael se sorprendía pensando en los momentos felices que habían pasado los tres juntos cinco años atrás, pero entonces la realidad anulaba la ilusión y rechazaba los recuerdos con un malestar casi físico.

Un cálido atardecer de julio estaba dormitando en el balcón a la luz del crepúsculo. Había sido un día muy pesado en la oficina y le agradaba descansar allí mientras la luz estival se iba borrando del campo.

Levantó la cabeza ociosamente al oír el ruido de un automóvil. Un taxi del pueblo se había detenido al final del sendero y un hombre joven acababa de bajar. Michael se sentó con una exclamación. Podía reconocer aquellos hombros anchos y el paso impaciente incluso en la penumbra.

-Maldita sea -dijo suavemente.

Cuando Charley Hart se acercó por el sendero de grava, Michael notó con sólo mirarlo que estaba insólitamente despeinado. Su rostro agradable estaba ojeroso y denotaba fatiga; tenía la ropa arrugada y la mirada inconfundible del que necesita dormir unas cuantas horas.

Llegó al balcón, advirtió la presencia de Michael y sonrió, triste y confuso.

-Hola, Michael.

Ninguno de los dos hizo el gesto de estrechar la mano del otro, pero al cabo de un momento Charley se derrumbó bruscamente en una silla.

-Me gustaría un vaso de agua -dijo con voz ronca-. Hace un calor infernal.

Sin decir una palabra, Michael entró en la casa y regresó con un vaso de agua que Charley tragó ruidosamente.

-Gracias -dijo, atragantándose-. Pensé que iba a desmayarme.

Miró a su alrededor con ojos que solamente simulaban fijarse en lo que lo rodeaba.

-Bonito sitio este -señaló, y sus ojos regresaron a Michael-. ¿Quieres que me vaya?

-Bueno, pues no. Si lo necesitas, quédate sentado y descansa. Pareces arruinado.

-Lo estoy. ¿Quieres oír la historia?

-En absoluto.

-Bien, de todos modos te la voy a contar -dijo Charley, desafiante-. Para eso he venido. Estoy en un lío, Michael, y eras la única persona a la que podía recurrir.

-¿Has probado con tus amigos? -preguntó Michael fríamente.

-He probado con todo el mundo; al menos, con los que tuve tiempo de hacerlo. ¡Dios! -se secó la frente con la mano-. Nunca imaginé lo difícil que es encontrar dos mil dólares.

-¿Has venido a pedirme dos mil dólares?

-Espera un momento, Michael. Primero termina de oír. Verás en qué lío puede meterse un tipo sin tener la menor intención. Has de saber que soy el tesorero de una asociación llamada Fundación para Artistas Independientes, un invento para ayudar a los estudiantes con problemas. Había un fondo de tres mil quinientos dólares que permaneció en mi cuenta durante más de un año. Bueno, como ya sabes, llevo un tren de vida un poco alto -gano mucho y gasto mucho- y hace un mes empecé a especular en pequeña escala por medio de un amigo…

-No sé por qué me estás contando esto -lo interrumpió Michael con impaciencia-. Me…

-Espera un minuto, ¿quieres? Ya termino miró a Michael con ojos atemorizados-. A veces usaba ese dinero sin darme cuenta siquiera de que no era mío. Siempre he tenido mucho, compréndelo. Hasta esta semana al menos. Esta semana hubo una reunión de la sociedad y me pidieron que devolviera el dinero. Bien, fui a ver a un par de personas para pedirles un préstamo y tan pronto como les di la espalda uno de ellos lo contó todo. Anoche hubo un escándalo terrible. Me dijeron que como no entregara los. dos mil esta mañana me enviarían a la cárcel -alzó la voz y echó una mirada atemorizada a su alrededor-. Tengo sobre los hombros una orden de arresto, y si no logro conseguir el dinero me mataré, Michael, juro por Dios que lo haré. No quiero ir a la cárcel. Soy un artista, no un hombre de negocios. Soy…

Hizo un esfuerzo para dominar la voz.

-Michael -murmuró-. Eres mi mejor amigo. No tengo a nadie más que a ti en el mundo.

-Has llegado un poco tarde -dijo Michael, incómodo-. No pensaste en mí hace cuatro años cuando le pediste a mi esposa que se escapara contigo.

Una sincera mirada de sorpresa atravesó el rostro de Charley.

-¿Estás enfadado por eso? -preguntó, confundido-. Pensé que estabas ofendido porque no fui a tu fiesta.

Michael no contestó.

-Supuse que ella te habría hablado de eso hace mucho tiempo -continuó Charley-. No pude evitarlo. Estaba solo y ustedes se tenían el uno al otro. Cada vez que iba a tu casa te dedicabas a contar lo maravillosa que era Marion hasta que al fin… empecé a estar de acuerdo. ¿Cómo podía evitar enamorarme de ella si durante un año y medio fue la única chica decente que conocí? -miró a Michael altivamente-. Bueno, tú la tienes, ¿no? Ni siquiera llegué a besarla. ¿Vale la pena que sigas machacando?

-Oye -dijo Michael, cortante-. ¿Cuál es la razón de que deba prestarte el dinero?

-Bueno… -Charley vaciló y se rió de mala gana-. No sé la razón exacta. Sólo pensé que lo harías.

-¿Por qué?

-Por ningún motivo; ya veo cómo lo has tomado.

-Ese es el problema. Si te lo diera sería por sentimentalismo y debilidad. Estaría haciendo algo que no quiero hacer.

-Muy bien -Charley sonrió desagradablemente-. Es lógico. Ahora que lo pienso no hay ninguna razón para que me lo prestes. Bueno… -hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta y, al echar la cabeza hacia atrás, dio la impresión de querer desprenderse del tema como si fuese una gorra-. No iré a la cárcel… Y quizás mañana opines de forma diferente.

-Ni lo sueñes.

-Oh, no quiero decir que te vuelva a pedir el dinero. Hablo de algo… muy distinto.

Meneó la cabeza, se volvió rápidamente y avanzó por el sendero hasta que la oscuridad se lo tragó. Michael oyó que los pasos se apagaban, como si vacilase, en el punto en donde el sendero salía al camino.

Después se alejaron por el camino hacia la estación, a una milla de distancia.

Michael se hundió en su silla, con el rostro entre las manos. Oyó salir a Marion.

-He escuchado -dijo ella-. No pude evitarlo. Me alegra que no le hayas prestado nada.

Se acercó a él y se hubiera sentado en sus rodillas, pero una repulsión casi física invadió a Michael y lo obligó a levantarse de la silla.

-Tenía miedo de que te trabajara los sentimientos y acabara convenciéndote -siguió Marion. Vaciló-. Te odiaba, ¿sabes? Quería que te murieses. Una vez le dije que si volvía a decir eso no lo vería nunca más.

Michael le dirigió una mirada tenebrosa.

-La verdad es que fuiste muy noble.

-Oye, Michael…

-Permitiste que te dijera cosas como ésa… y ahora que viene arruinado, sin un amigo a quien recurrir, dices que te alegra que lo haya echado.

-Es porque te quiero, cariño…

-¡No, no es por eso! -la interrumpió brutalmente-. Es porque en este mundo el odio es una mercancía barata. Todo el mundo la tiene en venta. ¡Dios mío! ¿Qué crees que pienso de mí en este momento?

-Él no se merece que pienses así.

-¡Por favor, vete! -gritó Michael con pasión-. Quiero estar solo.

Ella le hizo caso y él volvió a sentarse en la oscuridad del balcón, sintiendo que lo envolvía una especie de terror. Hizo varias veces un esfuerzo para levantarse pero acabó frunciendo el ceño y permaneciendo inmóvil. Por fin, después de largo rato, se puso en pie de un salto, mientras un sudor frío resbalaba por su frente. La hora anterior y los últimos meses se disolvieron de pronto y sintió que daba un salto de varios años hacia atrás. Quizás esos años se hubieran escapado con Charley Hart, su viejo amigo. Charley Hart, que no tenía otro lugar a donde ir. Michael echó a correr por el balcón, aturdido, buscando su sombrero y su chaqueta.

-¡Oye, Charley! -gritó.

Por fin encontró la chaqueta y, enfundándosela con dificultad, bajó los escalones como una tromba. Le parecía que Charley se había marchado sólo unos minutos antes.

-¡Charley! -gritó al llegar al camino-. ¡Charley, vuelve aquí! ¡Me he equivocado!

Se calló y prestó atención. No hubo respuesta. Jadeando se lanzó a correr como un perro por el camino, a través de la noche tórrida.

Apenas eran las ocho y media, pero el campo estaba en absoluto silencio y las ranas croaban con fuerza en la franja pantanosa que bordeaba el camino. El cielo estaba débilmente salpicado de estrellas y pronto saldría la luna, pero el camino se estiraba entre árboles oscuros y Michael no veía nada que estuviera a más de tres metros. Al cabo de un rato decidió caminar. Una mirada a la esfera luminosa de su reloj le había bastado para darse cuenta de que el tren de Nueva York no pasaría hasta una hora después. Tenía mucho tiempo.

A pesar de ello, se puso a correr nuevamente y cubrió en quince minutos el kilómetro y medio que separaba su casa de la estación. Era una estación pequeña, humildemente encogida en la oscuridad al borde de las vías brillantes. A un lado Michael vio las luces de un taxi que esperaba el próximo tren.

El andén estaba desierto y Michael abrió la puerta para mirar dentro de la turbia sala de espera. Estaba vacía.

-Es curioso -murmuró.

Despertó al chofer del taxi y le preguntó si había visto a alguien esperando el tren. El chofer lo pensó; sí, había visto a un hombre joven, hacía unos veinte minutos. Había recorrido el andén durante un rato, fumando, y después se había perdido en la oscuridad.

-Es curioso -repitió Michael.

Formó un megáfono con las manos y dirigiéndolo hacia el bosque, al otro lado de la vía, lanzó un grito:

-¡Charley!

No hubo respuesta. Volvió a probar. Después regresó al taxi.

-¿Tiene idea de hacia dónde fue?

El hombre señaló vagamente la carretera a Nueva York, que corría paralela a la vía.

-Por ahí.

Con creciente inquietud, Michael le dio las gracias y se apresuró a tomar la carretera, que ahora se blanqueaba bajo la luna. Estaba completamente seguro de que Charley estaba dispuesto a matarse. Recordó su expresión al volverse y la mano rígida dentro del bolsillo, como aferrando algún objeto amenazador.

-¡Charley! -gritó con voz terrible.

Los árboles en sombras no respondieron. Pasó frente a una docena de campos refulgentes como plata bajo la luna, deteniéndose varias veces a gritar y esperar ansiosamente una respuesta.

Se le ocurrió que era estúpido seguir avanzando en esa dirección; probablemente, Charley estaría en algún lugar del bosque, cerca de la estación. Tal vez todo fuera producto de su imaginación y Charley estuviese en ese mismo instante paseándose por el andén, esperando el tren de la ciudad. Pero un impulso más allá de toda lógica lo llevaba a seguir en la búsqueda. Más aún, experimentó una y otra vez la sensación de que delante de él había alguien, alguien que, fuera del alcance de su mirada y su voz se le escurría en cada curva y sin embargo dejaba a su paso un aura trágica y tenue. En un momento dado creyó oír pasos entre las hojas, al lado de la carretera, pero sólo era una hoja de periódico arrastrada por el débil viento caliente.

Era una noche sofocante, la luna parecía arrojar rayos hirvientes sobre la tierra abrasada. Michael se quitó la chaqueta y la dobló sobre un brazo sin dejar de caminar. Ahora tenía a pocos metros un puente de piedra que atravesaba la vía y más allá una línea interminable de postes de teléfono que se extendían en perspectiva decreciente hacia un horizonte inabarcable. Bien, llegaría hasta el puente y después se daría por vencido. Lo habría hecho antes, a no ser por aquella sensación de que alguien caminaba ligera y velozmente un poco por delante.

Al llegar al puente de piedra, se sentó sobre una roca, latiéndole el corazón con fuertes golpes bajo la camisa empapada. No tenía sentido: Charley se había alejado de su alcance y de su ayuda, tal vez para siempre. A lo lejos, más allá de la estación, oyó acercarse la sirena del tren de las nueve y media.

Michael se sorprendió preguntándose repentinamente por qué estaba allí. ¿Qué cuerda sensible de su carácter había tocado Charley en aquellos pocos minutos para lanzarlo a aquella carrera asustada y sin destino a través de la noche? Lo habían discutido, y Charley no había sido capaz de darle una razón por la cual debiera ayudarle.

Se levantó con la idea de regresar, pero antes de volverse se quedó observando el camino por un minuto bajo la luz de la luna. Después del puente se extendía la línea de postes y, mientras sus ojos la seguían hasta donde les era posible, volvió a oír, ahora más cercana y ominosa, la sirena del tren de Nueva York, elevándose y descendiendo con precisión musical en la noche serena. De pronto, sus ojos, que habían estado deslizándose por las vías, se detuvieron atraídos por un punto de la línea de postes, a unos cientos de metros de distancia. El poste era exactamente igual a los otros y sin embargo poseía algo distinto, algo indescriptiblemente distinto.

Y al observarlo con la concentración que absorbe a veces la figura en una alfombra se produjo un extraño efecto en su mente y de pronto lo vio todo bajo una luz totalmente diferente. Con el murmullo de la brisa le había llegado una idea que cambiaba por completo el cariz de la situación. Era esto: recordó haber leído en alguna parte que en cierto momento perdido en la oscuridad del medioevo un hombre llamado Gerbert había resumido toda la civilización europea. Le pareció súbitamente claro que él acababa de pasar por una situación semejante. Por un minuto, un instante del tiempo, toda la piedad del mundo se había agolpado en él.

Lo comprendió en medio de una conmoción en el espacio de un segundo, y en seguida supo por qué debería haber ayudado a Charley Hart. Era porque hubiera sido intolerable vivir en un mundo sin solidaridad, donde cualquier ser humano pudiera estar tan solo como había estado Charley esa tarde.

Y bien, de eso se trataba, por supuesto: se le había confiado esa oportunidad. Había ido a buscarlo alguien que no contaba con nadie más, y él se había negado.

Durante todo ese tiempo se había quedado absolutamente inmóvil, con la mirada fija en el poste de teléfono más allá de la vía, un poste que sus ojos habían reconocido como distinto a los demás. Ahora la luna brillaba tanto que podía ver una barra blanca que cruzaba el poste cerca de la punta, y al contemplarla el poste pareció aislarse, como si los demás se hubiesen esfumado.

De pronto, a una milla de distancia, oyó el traqueteo y el estrépito del tren eléctrico que abandonaba la estación, y como si el sonido lo hubiera devuelto a la vida, lanzó un grito entrecortado y echó a correr a toda velocidad por el camino, hacia el poste de la barra atravesada.

El tren silbó una vez más. Clac-clac-clac. Ahora estaba más cerca, a seiscientos, a quinientos metros, y cuando pasó por debajo del puente iluminó a Michael con su faro. No sentía emoción alguna sino mero terror: sólo sabía que debía llegar al poste antes que el tren, y el poste estaba a cincuenta metros, apuntando rígidamente al cielo como una estrella.

Al otro lado de la vía no había sendero junto a los postes, pero el tren estaba tan cerca que decidió no esperar más porque de lo contrario no lograría cruzar. Se desvió de la carretera, atravesó la vía en dos zancadas y con el ruido del motor sonándole en los talones se precipitó sobre el campo. Ocho, nueve metros; mientras el sonido del tren eléctrico se convertía en bramido en sus oídos, llegó al poste y se llevó por delante al hombre que estaba parado junto a la vía, arrojándolo al suelo con el impacto de su cuerpo.

Su oído registró un estruendo de acero, el pesado deslizarse de las ruedas sobre los rieles, un veloz rugido del aire. Un momento después, el tren de las nueve y media había pasado.

-Charley -balbució incoherente-. Charley…

Una cara lívida lo miró atónita. Michael rodó sobre su espalda y se estiró jadeando. Ahora, la noche sofocante estaba serena; sólo se oía el murmullo del tren que se alejaba.

-¡Oh, Dios!

Michael abrió los ojos y vio a Charley sentado, con el rostro entre las manos.

-Está bien -murmuró Michael-. Está bien, Charley. Te prestaré el dinero. No sé en qué estaba pensando. Después de todo… eres uno de mis más viejos amigos.

Charley meneó la cabeza.

-No lo entiendo -dijo, con la voz quebrada-. ¿De dónde has salido? ¿Cómo has llegado aquí?

-Te he estado siguiendo. Estaba detrás de ti.

-Hace media hora que estoy aquí.

-Bueno, es una suerte que hayas elegido este poste para… para esperar. Lo estuve mirando desde el puente. Lo elegí por el travesaño.

Charley se había puesto de pie, tambaleándose, y ahora se alejó unos pasos y contempló el poste a la luz de la luna.

-¿Qué has dicho? -preguntó un minuto después, con una voz confundida-. ¿Has dicho que este poste tiene un travesaño?

-Sí, claro. Lo estuve mirando un rato largo. Por eso…

Charley levantó nuevamente los ojos y dudó, extrañado antes de hablar.

-No hay ningún travesaño -dijo.

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sábado, 22 de julio de 2017

El pirata de la costa. Cuento de F. Scott Fitzgerald




El pirata de la costa
F. Scott Fitzgerald




I.

Esta historia inverosímil empieza en un mar que era como un sueño azul, de un color tan vivo como el de unas medias de seda azul, y bajo un cielo tan azul como el iris de los ojos de los niños. Desde la mitad oeste del cielo el sol lanzaba pequeños discos dorados sobre el mar: si mirabas con suficiente atención, podías ver cómo saltaban de ola en ola para unirse en un largo collar de monedas de oro que confluían a un kilómetro de distancia antes de convertirse en un crepúsculo deslumbrante. Entre la costa de Florida y el collar de oro, fondeaba un flamante y airoso yate blanco, y bajo la toldilla de popa azul y blanca, tendida en una tumbona de mimbre, una joven rubia leía La rebelión de los ángeles de Anatole France.
Tendría unos diecinueve años, y era delgada y flexible, con seductores labios de niña mimada y vivaces ojos grises llenos de radiante curiosidad. Sin calcetines, con un par de zapatillas de raso azul que le servían más de adorno que de calzado y le pendían descuidadamente de la punta de los dedos, apoyaba los pies en el brazo del sillón vacío que tenía más cerca. Mientras leía, se deleitaba de vez en cuando pasándose por la lengua medio limón que tenía en la mano. El otro medio, chupado y seco, yacía en cubierta, a sus pies, meciéndose suavemente de acá para allá al ritmo casi imperceptible de la marea.
La segunda mitad del limón estaba casi exprimida y el collar de oro se había dilatado asombrosamente, cuando, de pronto, un rumor de pesadas pisadas rompió el silencio soñoliento que envolvía al yate, y un hombre maduro, coronado por una cabellera gris y bien cortada, que vestía un traje de franela blanca, apareció por la escalera que llevaba a los camarotes. Se detuvo un momento, hasta que sus ojos se acostumbraron al sol, y, cuando vio a la chica bajo la toldilla, lanzó un largo gruñido recriminatorio.
Si había querido producir algún tipo de sobresalto, estaba condenado a la decepción. La chica, sin inmutarse, pasó dos páginas, retrocedió una, levantó el limón mecánicamente a la distancia requerida para saborearlo, y luego, muy débilmente, pero de modo inconfundible, bostezó.
—¡Ardita! —dijo enfadado el hombre del pelo gris.
Ardita emitió un ruidito que no significaba nada.
—¡Ardita! —repitió—. ¡Ardita!
Ardita levantó lánguidamente el limón y dejó que dos palabras se le escaparan antes de lamerlo.
—Ay, cállate.
—¡Ardita!
—¿Qué?
—¿Quieres escucharme, o tengo que llamar a un criado para que te sujete mientras hablo contigo?
El limón descendió lenta y desdeñosamente.
—Dímelo por escrito.
—¿Puedes tener la amabilidad de cerrar ese libro abominable y dejar ese repugnante limón un par de minutos?
—¿Puedes dejarme en paz un segundo?
—Ardita, acabo de recibir una llamada de la costa…
—¿Una llamada? —por primera vez mostraba un leve interés.
—Sí, era…
—¿Quieres decir —lo interrumpió, sorprendida— que han llamado desde la costa?
—Sí, y precisamente ahora…
—¿Y los otros barcos también han captado la llamada?
—No. Es una línea submarina. Hace cinco minutos…
—¡Qué barbaridad! La ciencia es oro, o algo por el estilo, ¿no?
—¿Quieres dejar que termine?
—¡Suéltalo!
—Bien, parece… He subido porque… —hizo una pausa y tragó saliva varias veces, como un loco—. Ah, sí. Jovencita, el coronel Moreland ha llamado otra vez para preguntarme si era seguro que te llevaría a cenar. Su hijo Toby ha venido desde Nueva York para conocerte y ha invitado a otros jóvenes. Por última vez, ¿quieres…?
—No —cortó Ardita—. No quiero. He venido a esta maldita travesía con la única idea de ir a Palm Beach, y tú lo sabes, y me niego terminantemente a ver a ningún maldito coronel ni a ningún maldito muchacho, se llame Toby o como se llame, y a poner el pie en alguna otra maldita ciudad de este Estado de locos. Así que, o me llevas a Palm Beach, o te callas y te vas.
—Muy bien. ¡Es el colmo! Encaprichándote de ese hombre, un hombre famoso por sus excesos, un hombre al que tu padre ni siquiera le hubiera permitido pronunciar tu nombre, te has dejado llevar por la mundanería de medio pelo más que por los ambientes en los que cabe presumir que has crecido. Desde ahora…
—Ya lo sé —lo interrumpió Ardita con ironía—. Desde ahora tú seguirás tu camino y yo el mío. Ya he oído ese cuento. Y sabes que es lo que más me gustaría.
—De ahora en adelante —anunció solemnemente— no eres mi sobrina. Yo…
—¡Ahhhh! —el grito surgió de Ardita con la agonía de un alma en pena—. ¿Por qué no dejas de darme la lata? ¿Por qué no te vas? ¡Salta por la borda y ahógate! ¿Quieres que te tire el libro a la cabeza?
—¡Si te atreves a…!
¡Zas! La rebelión de los ángeles surcó los aires, erró el blanco por un pelo y se estrelló alegremente en cubierta.
El hombre del pelo blanco dio instintivamente un paso atrás y luego dos pasos adelante con cautela. Ardita se irguió sobre su metro setenta de estatura y lo miró desafiante, echando chispas por sus ojos grises.
—¡Lárgate!
—¿Cómo te atreves?
—¡Porque me da la gana!
—¡Te has vuelto insoportable! Tienes un carácter…
—¡Vosotros me habéis hecho así! Ningún niño tiene mal carácter si no es por culpa de su familia. Si soy así, es culpa vuestra.
Murmurando algo entre dientes, su tío dio media vuelta, avanzó unos pasos y ordenó a voces que sirvieran el almuerzo. Luego volvió a la toldilla, donde Ardita se había sentado de nuevo para concentrarse en su limón.
—Voy a desembarcar —dijo el tío lentamente—. Volveré esta noche, a las nueve, y regresaremos a Nueva York. Te devolveré a tu tía para que sigas tu vida normal, o más bien anormal.
Calló un instante y la miró, y de repente algo en el puro infantilismo de su belleza pareció atravesar su rabia como se pincha un neumático, y lo dejó sin defensa, dubitativo, completamente atontado.
—Ardita —dijo no sin amabilidad—, no estoy loco. Sé lo que digo. Conozco a los hombres, y, chiquilla, los libertinos recalcitrantes no se reforman hasta que se cansan, y entonces ya no son ellos mismos, sino una sombra de lo que fueron.
La miró como si esperara un signo de asentimiento, pero, al no recibir ni una mirada ni una palabra, prosiguió:
—Puede que ese hombre te quiera, es posible. Ha querido a muchas mujeres y querrá a muchas más. Hace menos de un mes, un mes, Ardita, mantenía una escandalosa relación con esa pelirroja, Mimi Merril; le prometió que le iba a regalar la pulsera que el zar de Rusia le regaló a su madre. Ya sabes… lees los periódicos.
—«Espeluznantes escándalos de un tío angustiado» —bostezó Ardita—. Haz una película. Depravado hombre de mundo intenta seducir a una virtuosa chica moderna. Chica moderna y virtuosa engatusada completamente por el terrible pasado de un hombre de mundo. Cita en Palm Beach. El tío angustiado frustra los planes.
—¿Puedes decirme por qué demonios quieres casarte con él?
—Estoy segura de que no sabría decírtelo —atajó Ardita—. Quizá porque es el único hombre que conozco, bueno o malo, que tiene imaginación y el valor de mantener sus convicciones. Quizá sea para escapar de esos niñatos idiotas que malgastan su tiempo libre en perseguirme por todo el país. En cuanto a la famosa pulsera rusa, puedes estar tranquilo: me la regalará a mí en Palm Beach, si demuestras un poco de inteligencia.
—¿Y la pelirroja?
—Hace seis meses que no la ve —dijo con rabia—. ¿Crees que no tengo el orgullo suficiente como para preocuparme de esas cosas? ¿No te has dado cuenta de que puedo hacer lo que me dé la gana con el hombre que me dé la gana?
Alzó la barbilla al aire como la estatua de la libertad y estropeó un poco la pose cuando volvió a levantar el limón.
—¿Es la pulsera rusa lo que te fascina?
—No, sólo estoy intentando darte el tipo de explicaciones que convienen a tu inteligencia. Y quiero que te largues —dijo otra vez de mal humor—. Sabes que nunca cambio de opinión. Llevas fastidiándome tres días y me vas a volver loca. ¡No quiero desembarcar! ¡No quiero! ¿Me has oído? ¡No quiero!
—Muy bien —dijo él—, tampoco irás a Palm Beach. De todas las chicas egoístas, mimadas, caprichosas, imposibles y desagradables que he…
¡Paf! La mitad del limón le dio en el cuello. Al mismo tiempo se oyó una voz:
—La mesa está servida, señor Farnam.
Muy enfadado y con tantas cosas que decir que no podía articular palabra, el señor Farnam fulminó con la mirada a su sobrina y, dando media vuelta, desapareció rápidamente por la escala.

II.

Las cinco de la tarde cayeron desde el sol y se hundieron silenciosamente en el mar. El collar dorado creció hasta ser una isla resplandeciente, y de repente una canción llenó la débil brisa que había estado jugueteando con los bordes de la toldilla y balanceando una de las zapatillas azules que colgaban de la punta de los pies. Era un coro de hombres en completa armonía y perfectamente acompasados con el sonido de los remos que surcaban las aguas azules. Ardita levantó la cabeza y escuchó:

Zanahorias y guisantes,
judías en las rodillas,
cerdos en los mares,
¡camaradas felices!
Moved la brisa,
moved la brisa,
moved la brisa
con vuestro rugido.

Las cejas de Ardita se fruncieron de asombro. Se sentó y, muy quieta, escuchó atentamente cuando el coro empezó la segunda estrofa.

Cebollas y judías,
Mariscales y Deanes
Goldbergs y Greens
y Costellos.
Moved la brisa,
moved la brisa,
moved la brisa
con vuestro rugido.

Con una exclamación tiró el libro en cubierta, donde rodó y se quedó abierto, y corriendo se asomó por la borda. A veinte metros de distancia se acercaba un gran bote de remos con siete hombres: seis remaban y uno, de pie en la popa, marcaba el compás de la canción con una batuta de director de orquesta.

Ostras y rocas,
serrín y puñetazos,
¿quién puede hacer relojes
con violonchelos?

Los ojos del jefe se clavaron de repente en Ardita, que se inclinaba sobre la borda hechizada por la curiosidad. El jefe hizo un rápido movimiento con la batuta y la canción cesó instantáneamente. Era el único blanco en la barca: los seis remeros eran negros.
—¡Ah del barco! ¡Ah del Narciso! —llamó según las normas.
—¿A qué se debe toda esta barahúnda? —preguntó Ardita alegremente—. ¿Sois el equipo de remo del manicomio local?
La barca rozaba ya el costado de yate y un hombretón negro en la proa se agarró a la escala de cuerda. Inmediatamente, el jefe abandonó su posición en la popa y, antes de que Ardita se diera cuenta de sus intenciones, había subido por la escala y se había plantado, jadeante, en cubierta.
—¡Perdonaremos a las mujeres y a los niños! —dijo enérgicamente—. ¡Ahogad sin contemplaciones a los niños que lloren y echad dobles cadenas a los hombres!
Hundiendo las manos en los bolsillos de su vestido, Ardita lo miraba fijamente. El asombro la había dejado sin habla.
Era un joven con un gesto de desdén en los labios y, en el rostro atezado y atractivo, los ojos azules y vivos de un niño saludable. Tenía el pelo negro como la pez, mojado y ensortijado: el pelo de una estatua griega que se hubiera bronceado al sol. Tenía una constitución armoniosa, iba armoniosamente vestido y era garboso y ágil como un futbolista.
—¡Seré pasada por las armas! —dijo atónita.
Se miraban fríamente.
—¿Rindes el barco?
—¿Es un golpe de ingenio? —preguntó Ardita—. ¿Eres idiota o estás haciendo las pruebas de ingreso en alguna hermandad de estudiantes?
—Te he preguntado si rindes el barco.
—Creía que la bebida estaba prohibida por la ley —dijo Ardita con desdén—. ¿Has estado bebiendo esmalte de uñas? Será mejor que te largues del yate.
—¿Cómo? —la voz del joven mostraba incredulidad.
—¡Fuera del yate! ¡Ya me has oído!
La miró un instante como si estuviera meditando lo que había dicho.
—No —dijo lentamente con aquella expresión de desdén—; no, no me iré del yate. Vete tú, si quieres.
Desde la barandilla dio una orden seca e inmediatamente la tripulación de la barca subió por la escalerilla y se alineó frente a él; un negro negro como el carbón y corpulento en un extremo, y en el otro un mulato minúsculo de metro y medio de estatura. Parecían llevar uniforme, una especie de traje azul adornado con polvo y barro, hecho jirones; llevaban al hombro una pequeña bolsa blanca que parecía pesada y bajo el brazo grandes estuches negros con aspecto de contener instrumentos musicales.
—¡Firmes! —ordenó el joven, entrechocando secamente los talones—. ¡Un paso al frente, Babe!
El negro más pequeño dio un paso al frente y saludó.
—¡Sí, señor!
—Toma el mando, baja a la cabina, haz prisionera a la tripulación y átalos a todos menos al maquinista. Tráemelo. Ah, y amontona las bolsas junto a la borda.
—¡Sí, señor!
Babe volvió a saludar y dio media vuelta empujado por los otros cinco que se apiñaban a su alrededor. Luego, después de un breve murmullo de consulta, enfilaron ruidosamente el camino de los camarotes.
—Ahora —dijo el joven alegremente a Ardita, que había presenciado esta última escena en un silencio desdeñoso—, si juras por tu honor de flapper o chica a la moda (lo que seguramente no vale mucho) que mantendrás cerrada esa boquita de niña mimada durante las próximas cuarenta y ocho horas, te dejaremos que remes hasta la costa en nuestro bote.
—¿Y si no?
—Si no, tendrás que navegar.
Con un pequeño suspiro, como si acabara de superar un mal momento, el joven se acomodó en la silla que Ardita acababa de dejar vacía y estiró los brazos perezosamente. Las comisuras de sus labios se aflojaron de manera visible cuando miró a su alrededor y vio la rica toldilla a rayas, el bruñido bronce y el lujoso equipamiento de cubierta. Entonces vio el libro y el limón exprimido.
—Humm —dijo—, Stonewall Jackson asegura que el zumo de limón le aclara las ideas. ¿Tienes tus preciosas ideas claras?
Ardita no se dignó contestar.
—Porque dentro de cinco minutos tendrás que decidir si te vas o te quedas.
Cogió el libro y lo abrió con curiosidad.
—La rebelión de los ángeles. Suena de maravilla. Francés, ¿no? —ahora la miraba con un nuevo interés—. ¿Eres francesa?
—No.
—¿Cómo te llamas?
—Farnam.
—¿Farnam qué?
—Ardita Farnam.
—Muy bien, Ardita, no tienes por qué quedarte ahí de pie, mordiéndote los carrillos. Deberías terminar con esas costumbres nerviosas ahora que todavía eres joven. Ven aquí y siéntate.
Ardita sacó del bolsillo una pitillera de jade tallado, extrajo un cigarrillo y lo encendió con estudiada frialdad, aunque sabía que le temblaba un poco la mano; luego se acercó con sus andares flexibles, contoneándose, y se sentó en la otra tumbona lanzando una bocanada de humo hacia la toldilla.
—Tú no puedes echarme de este yate —dijo con serenidad—; y no debes de ser muy inteligente si piensas que vas a llegar lejos con él. Mi tío lleva enviando mensajes radiofónicos desde las seis y media a todos los puntos del océano.
—Hum.
Ardita lo miró rápidamente a la cara y captó un signo de ansiedad en la curva de los labios, claramente más pronunciada.
—Me da lo mismo —dijo, encogiéndose de hombros—. El yate no es mío. No me importa hacer una travesía de dos horas. Incluso puedo prestarte el libro para que tengas algo que leer en el barco que te lleve a Sing Sing. Se rió, desdeñoso.
—Te podías haber ahorrado el consejo. Ni siquiera sabía que existía este yate cuando preparé este plan. Si no hubiera sido éste, hubiera sido el siguiente que encontráramos anclado cerca de la costa.
—¿Quién eres? —preguntó Ardita de repente—. ¿A qué te dedicas?
—¿Has decidido no desembarcar?
—Ni siquiera se me ha ocurrido.
—Se nos conoce habitualmente —dijo—, a los siete, como Curtis Carlyle y sus Seis Compadres Negros, hasta hace poco en el Winter Garden y el Midnight Frolic.
—¿Sois cantantes?
—Lo éramos hasta hoy. En este momento, por esas bolsas blancas que ves ahí, somos fugitivos de la justicia, y si la recompensa que ofrecen por nuestra captura no ha alcanzado ya los veinte mil dólares es que he perdido la intuición.
—¿Qué hay en las bolsas? —preguntó Ardita con curiosidad.
—Bueno, por el momento diremos que… arena…, arena de Florida.

III.

Diez minutos después, tras la conversación de Curtis Carlyle con un aterrorizado maquinista, el yate Narciso navegaba hacia el sur, en un atardecer tropical y balsámico. El pequeño mulato, Babe, que parecía gozar de la absoluta confianza de Carlyle, había tomado el mando. El criado y el cocinero del señor Farnam, los únicos miembros de la tripulación que, además del maquinista, se encontraban a bordo, después de haber opuesto resistencia meditaban ahora, bien amarrados en sus literas. Trombón Mose, el negro más grande, se dedicaba con una lata de pintura a borrar del casco el nombre Narciso, sustituyéndolo por el nombre Hula Hula, y los demás, reunidos en la popa, jugaban a los dados con un interés cada vez mayor.
Tras ordenar que prepararan y sirvieran la cena en cubierta a las siete y media, Carlyle se reunió con Ardita y, repantingándose en la tumbona, entrecerró los ojos y cayó en un estado de profundo ensimismamiento.
Ardita lo observó con atención y lo clasificó inmediatamente como personaje romántico. Aparentaba una imponente confianza en sí mismo, cimentada sobre una base endeble: bajo la superficie de cada una de sus decisiones, Ardita descubría una vacilación que estaba en acusado contraste con el arrogante frunce de sus labios.
«No es como yo», pensaba. «Hay alguna diferencia.»
Al ser una completa egoísta, Ardita pensaba con frecuencia en sí misma; como nadie le había recriminado su egoísmo, lo consideraba algo completamente natural, que no disminuía su indiscutible encanto. Aunque tenía ya diecinueve años, daba la impresión de ser una niña precoz y animosa, y en el presente esplendor de su juventud y belleza todos los hombres y mujeres que había conocido no eran sino maderas a la deriva en la corriente de su carácter. Había conocido a otros egoístas —y de hecho consideraba a los egoístas mucho menos aburridos que a quienes no lo eran—, pero hasta entonces no había habido ninguno que con el tiempo no hubiera caído rendido a sus pies.
Pero, aunque reconocía a un egoísta en la tumbona de al lado, no sentía en la cabeza el acostumbrado cierre de compuertas que significaba zafarrancho de combate; por el contrario, su instinto le decía que aquel hombre era absolutamente vulnerable e inofensivo. Si Ardita desafiaba las convenciones —y últimamente éste había sido su principal entretenimiento— era porque deseaba intensamente ser ella misma, y tenía la sensación de que a aquel hombre, por el contrario, sólo le preocupaba el desafío consigo mismo.
Estaba mucho más interesada por él que por su propia situación, que la afectaba de la manera que afecta a una niña de diez años la perspectiva de ir al cine. Tenía una confianza absoluta en su capacidad para cuidar de sí misma en cualquier circunstancia.
La noche se hizo más cerrada. Una pálida luna nueva sonreía sobre el mar con los ojos húmedos, y, mientras la costa se desvanecía y nubes negras volaban como hojarasca en el lejano horizonte, una gran neblina de luz lunar inundó de repente el yate y, a su paso veloz, desplegó una avenida de malla fulgurante. De vez en cuando brillaba la llamarada de un fósforo cuando uno de los dos encendía un cigarrillo, pero, salvo el ruido de fondo de las máquinas vibrantes y el chapoteo imperturbable de las olas en la popa, el yate estaba en silencio, como un barco que navegara en un sueño a través de los cielos, rumbo a una estrella. En torno a ellos fluía el olor del mar nocturno, que traía consigo una languidez infinita.
Carlyle rompió el silencio por fin.
—Eres una chica con suerte —suspiró—; siempre he querido ser rico para comprar toda esta belleza.
Ardita bostezó.
—Yo preferiría ser tú —dijo con franqueza.
—Te gustaría… un día. Aunque parece que tienes demasiado temperamento para ser una flapper, una chica a la moda.
—No me gusta que me llames así.
—Perdona.
—En cuanto a temperamento —continuó despacio—, es la única cualidad que tengo. No le temo a nada, ni en el cielo ni en la tierra.
—Hum, yo sí.
—Para tener miedo —dijo Ardita—, tienes que ser o muy grande y fuerte, o un cobarde. Yo no soy ninguna de esas cosas —se detuvo un momento, y la impaciencia se insinuó en el tono de su voz—. Pero me gustaría hablar de ti. ¿Qué diablos has hecho? ¿Y cómo lo hiciste?
—¿Por qué? —preguntó cínicamente—. ¿Vas a escribir un guión de cine sobre mí?
—Adelante —lo animó Ardita—. Cuéntame mentiras a la luz de la luna. Invéntate una historia fabulosa.
Apareció un negro, encendió algunas luces tenues bajo la toldilla y empezó a poner la mesa para la cena. Y, mientras cenaban pollo frío, ensalada, alcachofas y mermelada de fresas de la nutrida despensa del yate, Carlyle empezó a hablar, vacilante al principio, pero con ilusión cuando se dio cuenta de que Ardita lo seguía con interés. Ardita apenas probó la comida mirando aquella cara joven y morena, hermosa, irónica, sin afectación. Había sido un niño pobre en un pueblo de Tennessee, le contó, tan pobre que su familia era la única familia blanca de su calle. No recordaba a ningún niño blanco, pero había habido una pandilla de niños negros que inevitablemente seguían su estela, admiradores apasionados que él llevaba a remolque por la viveza de su imaginación y la cantidad de líos en los que siempre estaba metiéndolos y de los que siempre los sacaba. Y parece que estas amistades encauzaron por un camino inusual unas dotes musicales fuera de lo común.
Había habido una mujer negra, llamada Belle Pope Calhoun, que tocaba el piano en las fiestas de los niños blancos, simpáticos niños blancos que hubieran acuchillado a Curtis Carlyle. Pero el harapiento «pobretón blanco» solía sentarse junto al piano de Belle una hora y se empeñaba en introducir un solo de saxo con uno de esos kazoos con los que los chicos tararean las canciones. Antes de los trece años se ganaba la vida extrayendo ragtimes de un astroso violín en los cafetuchos de los alrededores de Nashville. Ocho años después la locura del ragtime se apoderó del país, y Carlyle contrató a seis negros para hacer una gira por salas de fiestas. Cinco de aquellos negros eran chicos con los que había crecido; el sexto era el pequeño mulato, Babe Divine, que trabajaba en los muelles de Nueva York, y mucho tiempo antes había sido bracero en una plantación de las Bermudas, hasta que clavó un cuchillo de veinte centímetros en la espalda de su amo. Casi antes de darse cuenta de su buena suerte, Carlyle estaba en Broadway con contratos de todas clases y más dinero del que había soñado nunca.
Y entonces se empezó a operar un cambio radical en su actitud, un cambio más bien curioso, amargo. Fue cuando se dio cuenta de que estaba dilapidando los mejores años de su vida farfullando en los escenarios con un puñado de negros. Su espectáculo era bueno dentro del género —tres trombones, tres saxofones y la flauta de Carlyle—, y su propio y peculiar sentido del ritmo marcaba la diferencia; pero empezó a volverse extremadamente susceptible respecto a su trabajo, empezó a aborrecer la idea de tener que aparecer en el escenario y a temerlo cada día más.
Estaban ganando dinero —y cada contrato que firmaba era más alto—, pero, cuando les dijo a los empresarios que quería separarse del sexteto y continuar su carrera como pianista, se rieron en su cara y le dijeron que estaba loco: aquello supondría un suicidio artístico. Algún tiempo después se reiría de aquella expresión: suicidio artístico. Todos los empresarios la usaban.
Tocaron unas cuantas veces en bailes, a tres mil dólares la noche, y parecía como si en aquellas actuaciones cristalizara toda su aversión por aquel modo de vida. Tocaban en clubes y casas en los que no lo hubieran dejado entrar de día. Después de todo, sólo representaba el papel del eterno mono de la fiesta, una especie de cabaretero sublimado. Lo ponía enfermo el olor de los teatros, el olor a colorete y lápiz de labios, el chismorreo de lús camerinos y el aplauso condescendiente de los palcos. Ya no tenía fe en lo que estaba haciendo. La idea de una lenta aproximación al lujo del ocio lo volvía loco. Se iba acercando a eso, desde luego, pero, como un niño, se comía el helado tan despacio que no podía cogerle el gusto.
Quería tener montones de dinero y mucho tiempo libre, la oportunidad de leer y divertirse, y vivir como los hombres y mujeres que lo rodeaban, esos que, si hubieran pensado en él, lo hubieran considerado despreciable; en una palabra, deseaba todas aquellas cosas que había empezado a agrupar bajo el genérico rótulo de aristocracia, una aristocracia que, según parecía, no podía comprarse con dinero, a no ser que fuera con dinero ganado como él lo ganaba. Tenía entonces veinticinco años, y no tenía familia, ni estudios, ni posibilidad de abrirse camino en el mundo de los negocios. Empezó a invertir en especulaciones disparatadas, y en tres semanas había perdido todo el dinero que había ahorrado.
Entonces estalló la guerra. Se fue a Plattsburg, pero incluso hasta allí lo persiguió su profesión. Un teniente coronel lo llamó a su despacho y le dijo que podría servir mejor a su país como director de una orquesta de baile. Así que se pasó la guerra entreteniendo a celebridades tras la línea de combate con una orquesta del cuartel general. No era tan malo, pero cuando la infantería volvía sin fuerzas de las trincheras, quería ser uno de aquellos soldados. El sudor y el barro que los envolvía parecían uno de aquellos inefables símbolos de aristocracia que siempre estaban escapándosele.
—Pero fueron los bailes en casas particulares los que lo consiguieron. Cuando volví de la guerra, otra vez empezó la rutina de siempre. Teníamos una oferta de una cadena de hoteles en Florida. Sólo era cuestión de tiempo.
Se interrumpió y Ardita lo miró expectante, pero entonces hizo un gesto de negación con la cabeza.
—No —dijo—, no voy a seguir contándotelo. Me lo estoy pasando demasiado bien, y temo perder un poco de esta alegría si la comparto con alguien más. Quiero conservar estos instantes heroicos, emocionantes, en que he llegado a estar por encima de todos ellos, y les he hecho saber que era más que un maldito payaso que graznaba y bailaba.
Desde proa les llegó de pronto el runruneo de un canto. Los negros se habían agrupado en cubierta y sus voces se elevaban al unísono en una melodía embrujada que ascendía hacia la luna, armónica y conmovedora. Y Ardita escuchaba, como bajo el influjo de un encantamiento.

Al Sur…
al Sur.
Mami me quiere llevar al Sur, por la Vía Láctea.
Al Sur…
al Sur.
Papi dice: mañana;
pero mami dice: hoy.
Sí, mami dice: hoy.

Carlyle suspiró, y durante un momento se quedó en silencio, mirando la multitud de estrellas que titilaban como arcos voltaicos en el cielo templado. El canto de los negros se había apagado hasta ser un quejumbroso tarareo y parecía como si minuto a minuto el fulgor y el silencio inmenso fueran aumentando, hasta que casi llegó a oír cómo se arreglaban a medianoche las sirenas, cuando se peinan los chorreantes cabellos de plata a la luz de la luna y cuchichean sobre los restos de los naufragios que habitan en las verdes y opalescentes avenidas de las profundidades.
—Sí —dijo Carlyle en un susurro—, ésta es la belleza que deseo. La belleza debe ser asombrosa, sorprendente. Debe arder dentro de ti como un sueño, como los ojos preciosos de una chica.
Se volvió hacia Ardita, que callaba.
—Lo entiendes, ¿verdad, Ardita? ¿Verdad, Ardita?
No le contestó. Se había quedado dormida.

IV.

En la tarde espesa e inundada de sol del día siguiente, una lejana mancha en el mar fue convirtiéndose en un islote verde y gris, aparentemente formado por un gran acantilado de granito en su extremo norte, que declinaba hacia el sur a través de poco más de un kilómetro de vivido bosquecillo y prado hasta una playa arenosa que se perdía perezosamente entre las olas. Cuando Ardita, que leía en su tumbona preferida, llegó a la última página de La rebelión de los ángeles, cerró el libro ruidosamente, alzó la vista y vio el paisaje, lanzó un grito de placer y llamó a Carlyle, que estaba apoyado melancólicamente en la baranda.
—¿Es ahí? ¿Es ahí adonde vamos?
Carlyle se encogió de hombros con indiferencia.
—Me coges en blanco —dijo, y alzando la voz llamó al capitán en funciones—: Eh, Babe, ¿es ésa tu isla?
La minúscula cabeza del mulato apareció en cubierta.
—Sí, señor; ésa es.
Carlyle se acercó a Ardita.
—Parece una buena playa, ¿no?
—Sí —asintió ella—; pero no parece lo bastante grande para ser un buen escondite.
—¿Sigues confiando en esos mensajes por radio que tu tío se dedicó a mandar?
—No —dijo Ardita con franqueza—. Estoy de tu parte. Me gustaría mucho ver cómo te escapas.
Carlyle se echó a reír.
—Tú eres nuestra Señora de la Suerte. Me temo que, por el momento, tendrás que quedarte con nosotros, así que serás nuestra mascota.
—No te atreverías a pedirme que volviera a nado —dijo Ardita con frialdad—. Si lo hicieras, empezaría a escribir novelas baratas basadas en la interminable historia de tu vida que me contaste anoche.
Carlyle se sonrojó: se había puesto serio.
—Siento mucho que te aburrieras.
—No, no me aburrí… Hasta que, al final, empezaste a contarme la rabia que te daba no poder bailar con las señoras para las que tocabas.
Se levantó, enfadado.
—Menuda lengüecita.
—Perdona —dijo, muerta de risa—, pero no estoy acostumbrada a que los hombres me entretengan contándome las ambiciones de su vida: especialmente si es una vida tan mortalmente platónica.
—¿Por qué? ¿Qué te cuentan los hombres?
—Ah, me hablan de mí —bostezó—. Me dicen que soy la quintaesencia de la juventud y la belleza.
—¿Y tú qué les dices?
—Les doy la razón.
—¿Todos los hombres que has conocido se te han declarado?
Ardita asintió.
—¿Y por qué no iban a declararse? Toda la vida consiste en acercarse y alejarse de una sola frase: Te quiero.
Carlyle se echó a reír y se sentó.
—Es verdad. No está mal, no. ¿Se te ha ocurrido a ti?
—Sí… O a lo mejor lo leí en algún sitio. No significa nada en especial. Sólo es una frase inteligente.
—Es el tipo de comentario —dijo muy serio— propio de tu clase.
—Ah —lo interrumpió, impaciente—, no empieces otra vez con esa perorata sobre la aristocracia. No me fío de la gente que puede ser profunda a esta hora de la mañana. Es una variedad benigna de la locura, una especie de resaca. La mañana es para dormir, nadar y no preocuparse de nada.
Diez minutos más tarde habían cambiado de rumbo, trazando un amplio círculo, como si se acercaran a la isla por el norte.
«Aquí hay gato encerrado», observó Ardita, pensativamente; «no puede pretender fondear al pie del acantilado».
Ahora se dirigían directamente a las rocas, que debían de alcanzar más de treinta metros de altura, y, hasta que no estuvieron a unos cincuenta metros, Ardita no descubrió el lugar hacia donde se dirigían. Entonces aplaudió, alegre. Había una abertura en el acantilado completamente oculta por un extraño pliegue de la roca, y a través de esta abertura penetró el yate, y muy lentamente atravesó un estrecho canal de aguas critalinas entre altas paredes grises. Y luego echaron el ancla en un mundo diminuto de oro y vegetación, una bahía dorada, lisa como cristal y rodeada de palmeras enanas. Parecía uno de esos mundos que los niños construyen con montones de arena, espejos que son lagos y ramitas que son árboles.
—¡No está mal, maldita sea! —exclamó Carlyle, entusiasmado—. Creo que ese negro sabe por dónde se anda en esta zona del Atlántico.
Su euforia era contagiosa, y Ardita también estaba exultante.
—¡Es un escondite absolutamente seguro!
—¡Sí, por Dios! Es una isla de las que salen en los cuentos.
Echaron el bote al lago dorado y remaron hasta la costa.
—Adelante —dijo Carlyle cuando desembarcaron en la arena blanda—, vamos a explorar.
La franja de palmeras estaba rodeada por un kilómetro y medio de territorio plano y arenoso. La siguieron hacia el sur y, dejando atrás una zona de vegetación tropical, llegaron a una playa virgen, gris perla, donde Ardita se quitó las zapatillas de golf marrones —parecía haber abandonado los calcetines para siempre— y se mojó los pies. Luego volvieron paseando hasta el yate, donde el infatigable Babe ya les tenía preparada la comida. Había apostado un vigía en lo alto del acantilado, hacia el norte, para que oteara el mar en todas las direcciones, aunque dudaba que la entrada a través del acantilado fuera conocida: nunca había visto un mapa en el que la isla estuviera señalada.
—¿Cómo se llama? —preguntó Ardita—. La isla, ¿cómo se llama?
—No tiene nombre —masculló Babe con una risilla—. A lo mejor se llama simplemente isla, ¿no?
A la caída de la tarde se sentaron en la parte más alta del acantilado, con la espalda apoyada en grandes peñascos, y Carlyle resumió sus confusos planes. Estaba seguro de que en aquellos instantes lo estaban buscando. El producto total del golpe que había dado, y sobre el que se negaba a informar a Ardita, lo estimaba en algo menos de un millón de dólares. Pensaba quedarse en la isla varias semanas y después partir hacia el sur, evitando las rutas habituales, bordeando el cabo de Hornos, rumbo al Callao, en Perú. Los detalles del aprovisionamiento de víveres y combustible quedaban enteramente en manos de Babe, que, según parecía, había navegado por aquellos mares desempeñando los más diversos menesteres, desde grumete en un barco cafetero hasta primer oficial sin serlo de un barco pirata brasileño, a cuyo capitán habían ahorcado hacía mucho tiempo.
—Si Babe hubiera sido blanco, sería hace mucho rey del sur de América —dijo Carlyle categóricamente—. En lo que se refiere a inteligencia, a su lado Booker T. Washington es un imbécil. Posee la astucia de todas las razas y nacionalidades de las que lleva sangre en las venas, y, o yo soy un embustero, o llegan a media docena. Me adora porque soy el único que toca el ragtime mejor que él. Nos sentábamos juntos en la dársena del puerto de Nueva York, él con un fagot y yo con un oboe, y mezclábamos en tono menor milenarias melodías africanas hasta que las ratas escalaban los postes y se reunían a nuestro alrededor gimiendo y chillando como perros frente a un gramófono.
Ardita rugió.
—¿Cómo puedes contar esas cosas?
Carlyle sonrió.
—Te juro que…
—¿Qué vas a hacer cuando llegues al Callao? —lo interrumpió.
—Me embarcaré rumbo a la India. Quiero ser un raja. Lo digo en serio. Mi plan es llegar a Afganistán, comprar un palacio y una reputación, y dentro de cinco años aparecer en Inglaterra con acento extranjero y un misterioso pasado. Pero primero iré a la India. Ya sabes lo que dicen: que todo el oro del mundo va a parar poco a poco a la India. Es una historia fascinante. Y quiero tener tiempo para leer, mucho, mucho.
—¿Y después?
—Después —respondió, desafiante— viene la aristocracia. Ríete si quieres, pero, por lo menos, tendrás que admitir que sé lo que quiero, así que, me imagino, ya sé más que tú.
—Al contrario —lo contradijo Ardita, mientras buscaba en el bolsillo la pitillera—. Cuando nos conocimos, tenía absolutamente escandalizados a mis amigos y parientes porque sabía muy bien lo que quería.
—¿Qué era?
—Un hombre.
Carlyle se sobresaltó.
—¿Es que tienes novio?
—En cierto modo. Si no hubieras subido a bordo, me habría escapado ayer por la tarde…, parece que ha pasado tanto tiempo…, y me habría encontrado con él en Palm Beach. Me está esperando con una pulsera que perteneció a Catalina de Rusia. Y no vayas ahora a refunfuñar cualquier cosa sobre la aristocracia —añadió rápidamente—. Simplemente me gustaba porque tenía imaginación y un coraje total para mantener sus convicciones.
—Pero tu familia no está de acuerdo, ¿no?
—Mi familia son un tío tonto y una tía aún más tonta. Parece que tuvo un lío escandaloso con una pelirroja que se llama Mimi no sé qué. Pero me ha dicho que han exagerado espantosamente el asunto, y a mí los hombres no me mienten: y, además, no me importaría que fuera verdad. Lo único que cuenta es el futuro. Y del futuro me encargo yo. Cuando un hombre se enamora de mí, se olvida de otros entretenimientos. Le dije que la soltara, como si fuera una patata caliente, y lo hizo.
—Estoy un poco celoso —dijo Carlyle, frunciendo el ceño, y se echó a reír—. Creo que te quedarás con nosotros hasta que lleguemos a Callao. Entonces te daré el dinero necesario para que vuelvas a Estados Unidos. Así tendrás tiempo para pensarte un poco más lo de ese hombre.
—¡No me hables así! —se enfureció Ardita—. ¡No le tolero a nadie que se ponga paternalista! ¿Entendido?
Se le escapó una risilla, pero se contuvo, avergonzado: la cortante irritación de Ardita parecía haberle caído como un jarro de agua fría.
—Lo siento —dijo, indeciso.
—¡No pidas perdón! No soporto a los hombres que piden perdón con ese tono viril y reservado. ¡Cállate de una vez!
Se produjo un instante de silencio, un silencio que a Carlyle le resultó bastante violento, pero que Ardita parecía no advertir mientras disfrutaba alegremente de su cigarrillo y miraba el mar resplandeciente. Y entonces avanzó a gatas por la roca, se tendió y, con la cara en el filo, se asomó al fondo del acantilado. Carlyle, observándola, pensó que parecía imposible que Ardita adoptara una postura que no fuera airosa.
—¡Mira! —gritó—. ¡Hay arrecifes! ¡Grandes! ¡De todos los tamaños!
Carlyle se acercó, y juntos se asomaron a la vertiginosa altura. —¡Podemos ir a nadar esta noche! —dijo Ardita, entusiasmada—. ¡A la luz de la luna!
—¿No prefieres ir a la otra playa?
—No, no. Me gusta bucear. Puedes usar el bañador de mi tío, aunque te sentará como un saco, porque mi tío es un hombre muy gordo. Mi bañador es todo un acontecimiento, tiene conmocionados a los nativos de la costa del Atlántico desde Biddeford Pool hasta San Agustín.
—Imagino que nadarás como un tiburón. —Sí, soy una maravilla. Y estoy estupenda. Un escultor de Rye me dijo el verano pasado que mis pantorrillas valían quinientos dólares.
No había nada que alegar, así que Carlyle guardó silencio y sólo se permitió una discreta sonrisa interior.

V.

Cuando la noche se insinuaba azul y plata, se abrieron paso por el espejeante canal en el bote, ataron el bote a una roca y comenzaron a escalar el acantilado. El primer saliente estaba a unos tres metros de altura, era ancho y servía de trampolín natural. Y allí, a la brillante luz de la luna, se sentaron a mirar el movimiento incesante y suave de las olas casi inmóviles en la marea baja.
—¿Eres feliz? —preguntó Carlyle de repente.
Ardita asintió.
—Siempre soy feliz junto al mar. ¿Sabes? —continuó—, he estado pensando todo el día que somos un poco diferentes. Los dos somos rebeldes, pero por diferentes razones. Hace dos años, cuando yo tenía dieciocho y tú…
—Veinticinco.
—Sí… Hace dos años los dos éramos dos triunfadores convencionales. Yo era una chica absolutamente irresistible que acababa de presentarse en sociedad y tú eras un músico de éxito al servicio del ejército…
—Caballero por decisión del Congreso —añadió con ironía.
—Bueno, en cualquier caso, los dos encajábamos. Si nuestros polos no estaban desgastados por el uso, al menos se atraían. Pero, muy dentro de nosotros, había algo que nos obligaba a pedir más felicidad. Yo no sabía lo que quería. Iba de hombre en hombre, incansable, impaciente, y pasaban los meses y cada día me sentía menos conforme y más insatisfecha. Me pasaba las horas mordiéndome los carrillos: creía que me estaba volviendo loca. Tenía una espantosa sensación de que el tiempo se me escapaba. Quería las cosas ya, al momento, lo más rápido posible. Yo era… preciosa. Lo soy, ¿no?
—Sí—asintió Carlyle, sin mucha seguridad.
Ardita se levantó de repente.
—Espera un segundo. Quiero probar el agua: parece que está estupenda.
Caminó hasta el filo del saliente y saltó al mar, doblándose en el aire para enderezarse luego y penetrar en el agua como la hoja de un cuchillo en un perfecto salto de carpa.
Y un minuto después Carlyle oía su voz.
—¿Sabes? Me pasaba los días leyendo, y las noches, casi. Empezó a molestarme la vida en sociedad.
—Sube —la interrumpió—. ¿Qué haces ahí?
—Estoy haciendo el muerto. Tardo un minuto. Te voy a decir una cosa. Lo único que me divertía era escandalizar a la gente: ponerme el traje más imposible y elegante para una fiesta de disfraces, salir con los hombres más atrevidos de Nueva York y meterme en los líos más terribles que te puedas imaginar.
El chapoteo se mezclaba con sus palabras, y luego Carlyle oyó su respiración agitada mientras escalaba la roca.
—¡Tírate! —gritó.
Se levantó y saltó, obediente. Cuando volvió a la superficie, chorreando, y empezó a subir, descubrió que Ardita no estaba ya en el saliente, pero, después de un instante de preocupación, oyó su risa luminosa en otra roca, tres metros más arriba. Se reunió con ella y se sentaron juntos, con los brazos alrededor de las rodillas, jadeando un poco después de la escalada.
—Mi familia estaba como loca —dijo de pronto—. Intentaron casarme. Y, cuando empezaba a pensar que la vida no valía la pena, descubrí algo —elevó los ojos al cielo jubilosamente—: ¡Descubrí algo!
Carlyle esperó y las palabras de Ardita cayeron como un torrente.
—Coraje: eso es; coraje como regla de vida, algo a lo que hay que mantenerse fiel siempre. Empecé a construir esta enorme fe en mí misma. Empecé a darme cuenta de que, en todos mis ídolos del pasado, lo que inconscientemente me había atraído era alguna prueba de coraje. Empecé a separar el coraje de las otras cosas de la vida. Todos los tipos de coraje: el boxeador golpeado, ensangrentado, que se levanta para seguir recibiendo golpes… Solía pedirles a los hombres que me llevaran al boxeo; la mujer en desgracia que se pasea entre una carnada de gatos y los mira como si fueran el barro que pisa; disfrutar de lo que siempre te ha gustado; el desprecio absoluto de las opiniones ajenas: vivir como quiero y morir a mi manera… ¿Has traído tabaco?
Le dio un cigarrillo y encendió un fósforo sin decir una palabra. —Pero los hombres —continuó Ardita— seguían persiguiéndome, viejos y jóvenes, y la mayoría eran menos inteligentes y menos fuertes que yo, y todos se volvían locos por conquistarme, por robarme la fama de orgullo imponente que me había labrado. ¿Me entiendes?
—Más o menos. ¿Nunca te han hecho daño ni has tenido que pedir perdón?
—¡Nunca!
Se acercó al borde de la roca, extendió los brazos y, durante un instante, pareció un crucificado contra el cielo; luego, describiendo una inesperada parábola, se hundió sin salpicar entre dos ondas plateadas siete metros más abajo.
Carlyle volvió a oír la voz de Ardita.
—Y coraje significa sumergirme en esa niebla gris y sucia que cubre la vida, desdeñando no sólo a la gente y a las circunstancias, sino también a la desolación de vivir: una especie de insistencia en el valor de la vida y en el precio de las cosas transitorias.
Otra vez escalaba las rocas, y, mientras pronuciaba la última frase, su cabeza apareció a la altura de Carlyle, el pelo rubio y mojado, perfectamente liso, hacia atrás.
—Todo eso está muy bien —objetó Carlyle—. Le puedes llamar coraje, pero tu coraje sólo es orgullo de familia. Te han educado para que tengas esa actitud desafiante. En mi vida gris incluso el coraje es una de las cosas que son grises y sin fuerza.
Ardita se había sentado muy cerca del borde, con los brazos alrededor de las rodillas, y miraba ensimismada la luna blanca; Carlyle estaba detrás, lejos, cobijado como un dios ridículo en un nicho de rocas.
—No quiero parecerte Pollyanna —empezó—, pero todavía no me has entendido. Mi coraje es fe, fe en mi inagotable capacidad de adaptación: fe en que la alegría volverá, y la esperanza y la espontaneidad. Y creo que, mientras me dure, tengo que mantener la boca cerrada y la cabeza bien alta y los ojos bien abiertos, y las sonrisas tontas sobran. Sí, también he bajado al infierno sin una lágrima muchas veces. Y el infierno de las mujeres es mucho más terrible que el de los hombres.
—¿Y si todo se acaba —sugirió Carlyle— antes de que vuelvan la alegría, la esperanza y la espontaneidad?
Ardita se levantó y escaló con alguna dificultad la roca, hasta alcanzar otro saliente, tres o cuatro metros más arriba.
—Pues entonces —exclamó— habré ganado.
Carlyle se asomó a la roca, hasta que pudo ver a Ardita.
—¡No saltes desde ahí! Te vas a matar —se apresuró a decir.
Ardita se rió.
—¡Yo, no!
Abrió los brazos con lentitud, y se quedó quieta: parecía un cisne, y su juventud perfecta irradiaba un orgullo que encendió un cálido resplandor en el corazón de Carlyle.
—Atravesaremos el aire tenebroso con los brazos abiertos —gritó— y los pies extendidos como colas de delfines, y creeremos que nunca llegaremos al agua hasta que de repente nos rodee la tibieza y las olas nos besen y acaricien.
Entonces saltó, y Carlyle, en un acto reflejo, contuvo la respiración. No se había dado cuenta de que era un salto de más de quince metros. Pareció transcurrir una eternidad antes de que oyera el ruido breve y brusco que se produjo cuando Ardita llegó al agua.
Y con un alegre suspiro de alivio cuando su risa luminosa y húmeda llegó por el acantilado a sus oídos angustiados, se dio cuenta de que la quería.

VI.

El tiempo, perdido el eje sobre el que gira rutinariamente, derramó sobre ellos tres días de atardeceres. Cuando el sol iluminaba la portilla del camarote de Ardita, una hora después del alba, se levantaba feliz, se ponía el bañador y subía a cubierta. Los negros dejaban el trabajo cuando la veían y, riendo entre dientes y murmurando, se apelotonaban en la baranda mientras Ardita nadaba y buceaba en el agua clara como un ágil pececillo de estanque. Y por la tarde, cuando refrescara, volvería a nadar, a tumbarse y a fumar con Carlyle en el acantilado; o se tumbarían en la arena de la playa del sur, casi sin hablar, mirando sólo cómo el día, multicolor y trágico, se disolvía en la infinita languidez de una noche tropical.
Y, a medida que pasaban las largas horas de sol, Ardita dejó poco a poco de concebirlas como un episodio accidental, atolondrado, un brote de amor en un desierto de realidad. Le daba miedo el instante en que reemprendieran camino hacia el sur; le daban miedo todas las posibilidades que tenía ante sí; pensar era una molestia y tomar decisiones resultaba odioso. Si rezar hubiera ocupado algún espacio en los rituales paganos de su alma, sólo le hubiera pedido a la vida que la dejaran tranquila un tiempo, entregada perezosamente a las ingenuas e ingeniosas ocurrencias de Carlyle, a la viveza de su imaginación adolescente, y a la veta de monomanía que parecía recorrer todo su carácter y dar color a cada uno de sus actos.
Pero ésta no es la historia de una pareja en una isla, ni tiene como tema principal el amor que nace de la soledad. Sólo es la presentación de dos temperamentos, y su idílica localización entre las palmeras de la Corriente del Golfo es puramente accidental. Casi todos nos contentamos con existir y reproducirnos, y luchar por el derecho a hacer ambas cosas, pero la idea esencial, el intento condenado al fracaso de controlar el propio destino, está reservada a unos pocos afortunados o desgraciados. Lo que más me interesa de Ardita es el coraje, el coraje que se empañará a la par que su juventud y su belleza.
—Llévame contigo —dijo una noche, echados perezosamente en la hierba bajo las palmeras abiertas como abanicos oscuros. Los negros habían desembarcado sus instrumentos, y la música del ragtime se propagaba suavemente con la brisa templada de la noche—. Me gustaría volver a aparecer dentro de diez años transformada en una fabulosa y riquísima princesa india.
Carlyle se apresuró a contestar.
—Ya sabes que puedes.
Ella se rió.
—¿Es una proposición de matrimonio? ¡Edición especial! Ardita Farnam se casa con un pirata. Chica de la alta sociedad raptada por un jazzista atracador de bancos.
—No fue un banco.
—¿Qué fue? ¿Por qué no me lo cuentas?
—No quiero desilusionarte.
—Querido amigo, yo no me hago ninguna ilusión contigo.
—Me refiero a las ilusiones que te haces sobre ti misma.
Lo miró sorprendida.
—¡Sobre mí! ¿Qué diablos tengo yo que ver con tus crímenes?
—Eso habría que verlo. Ardita se le acercó y le acarició la mano. —Querido señor Curtis Carlyle —murmuró—, ¿estás enamorado de mí?
—Como si eso te importara.
—Claro que me importa: creo que me he enamorado de ti. La miró con ironía.
—Así la cuenta total de enero asciende a media docena —sugirió—. ¿Te imaginas que me tomara en serio el farol y te pidiera que te vinieras conmigo a la India? —¿Y si me fuera? Carlyle se encogió de hombros. —Nos casaríamos en Callao.
—¿Qué vida puedes ofrecerme? No quiero molestarte, pero te lo pregunto en serio: ¿Qué será de mí si te coge esa gente que quiere la recompensa de veinte mil dólares? —Creía que no tenías miedo.
—Nunca tengo miedo. Pero no voy a arruinar mi vida sólo por demostrarle a un hombre que no tengo miedo.
—Ojalá hubieras sido pobre: sólo una chica pobre que sueña sentada en una cerca en una calurosa tierra de vacas. —¿Te hubiera gustado?
—He sido feliz asombrándote, viendo cómo se te abrían los ojos ante las cosas. ¡Si pudieras desear las cosas! ¿Te das cuenta?
—Sí, te endiendo. Como las chicas que miran embobadas los escaparates de las joyerías.
—Sí… Y quieren el reloj ovalado de platino ribeteado de diamantes. Entonces tú decidirías que es demasiado caro y elegirías uno de oro blanco que vale cien dólares. Y yo diría: ¿Caro? No me lo parece, Y entraríamos en la joyería, e inmediatamente el reloj de platino estaría brillando en tu muñeca.
—Suena muy agradable y muy vulgar, y divertido, ¿no?, murmuró Ardita.
—¿A que sí? ¿Nos imaginas viajando por el mundo, gastando dinero a manos llenas, venerados por porteros y camareros? Ah, bienaventurados sean los ricos puros, porque ellos poseerán la tierra.
—Sinceramente: me gustaría que las cosas fueran así.
—Te quiero, Ardita —dijo Carlyle con ternura.
La cara de Ardita perdió su expresión infantil un instante y se puso extraordinariamente seria.
—Me gusta estar contigo —dijo—, más que con ningún otro hombre de los que he conocido. Y me gusta cómo me miras y tu pelo negro, y cómo te asomas por la borda cuando vamos a la playa. La verdad es, Curtis Carlyle, que me gusta todo lo que haces cuando te comportas con absoluta naturalidad. Creo que tienes temperamento, y ya conoces mis ideas sobre el asunto. Algunas veces, cuando te tengo cerca, me dan ganas de besarte de pronto y decirte que sólo eres un chico idealista con un montón de tonterías inocentes en la cabeza. A lo mejor, si yo fuera un poco mayor y estuviera más aburrida, me iría contigo. Tal como son las cosas, creo que volveré y me casaré… con el otro.
En el lago plateado las siluetas de los negros se retorcían y contorsionaban a la luz de la luna, como acróbatas que, después de pasar un largo periodo de inactividad, necesitaran derrochar en sus volatinerías un exceso de energías. Avanzaban en fila india, en círculos concéntricos, echando la cabeza hacia atrás o inclinándose sobre sus instrumentos como faunos sobre sus caramillos. Y del trombón y el saxofón se derramaba sin cesar una melodía armoniosa, a ratos alegre y desenfrenada, y a ratos lastimera y obsesionante como una danza de la muerte en el corazón del Congo.
—¡Bailemos! —gritó Ardita—. No me puedo estar quieta mientras suena este jazz tan estupendo.
La cogió de la mano y la llevó hasta una amplia extensión de arena endurecida que la luna inundaba de esplendor. Flotaban como mariposas que se dejaran llevar por la intensa nube de luz, y, mientras la sinfonía fantástica gemía y ascendía y se debilitaba y desaparecía, Ardita perdió el poco sentido de la realidad que le quedaba y abandono su imaginación al perfume de ensueño de las flores tropicales y a los aéreos e infinitos espacios estrellados, y tenía la impresión de que si abría los ojos se encontraría bailando con un fantasma en un país creado por su fantasía.
—Esto es lo que yo llamaría una fiesta selecta y privada —murmuró Carlyle.
—Creo que me he vuelto loca… deliciosamente loca.
—Nos han hechizado. Las sombras de innumerables generaciones de caníbales nos vigilan desde la cima de ese acantilado.
—Y apuesto lo que quieras a que las caníbales están diciendo que bailamos demasiado pegados, y que es una vergüenza que no me haya puesto el anillo en la nariz.
Se reían suavemente, y de pronto las risas se apagaron porque, en la otra orilla del lago, habían callado los trombones en mitad de un compás, y los saxofones emitían un gemido asustado y dejaban poco a poco de oírse.
—¿Qué pasa? —gritó Carlyle.
Después de un instante de silencio distinguieron la silueta oscura de un hombre que rodeaba el lago corriendo. Cuando estuvo más cerca, vieron que era Babe en un estado de nerviosismo insólito. Se acercó y les contó las nuevas noticias, sofocado, comiéndose las palabras.
—Un barco, un barco a menos de un kilómetro, señor. Dios bendito, nos vigila y ha echado el ancla.
—¿Un barco? ¿Qué tipo de barco? —preguntó Carlyle angustiado.
Su voz denotaba inquietud, y a Ardita se le encogió el corazón de repente cuando le vio la cara desencajada.
—No lo sé, señor.
—¿Han mandado un bote?
—No, señor.
—Vamos —dijo Carlyle.
Subieron la colina en silencio, la mano de Ardita aún en la de Carlyle, como cuando dejaron de bailar. Sentía cómo él cerraba la mano de vez en cuando, nervioso, como si no fuera consciente del contacto, pero, aunque le hacía daño, no intentó soltarse. Pareció transcurrir una hora antes de que alcanzaran la cima y reptaran sigilosamente hasta el borde del acantilado. Tras una breve ojeada, Carlyle sofocó un grito involuntario. Se trataba de un guardacostas con cañones de seis pulgadas colocados de popa a proa.
—¡Nos han descubierto! —dijo con un suspiro—. ¡Nos han descubierto! Han debido encontrar nuestro rastro en algún sitio.
—¿Estás seguro de que han descubierto el canal? Quizá sólo esperan para echar un vistazo a la isla por la mañana. Desde donde están no pueden ver la abertura en el acantilado.
—Pueden verlo con los prismáticos —dijo, sin esperanza. Miro el reloj—. Ya casi son las dos. No podrán hacer nada hasta que amanezca, eso está claro. Y siempre existe la remota posibilidad de que sólo estén esperando a otro barco, o combustible.
—Creo que nosotros podemos también quedarnos aquí.
Las horas pasaban. Estaban tumbados, en silencio, juntos, las manos en la mejilla, como niños que durmieran. Detrás de ellos, encogidos, los negros, pacientes, resignados, conformes, proclamaban con sus sonoros ronquidos que ni siquiera la presencia del peligro podía domeñar su invencible ansia africana de sueño.
Poco antes de las cinco de la mañana Babe se acercó a Carlyle y le dijo que había media docena de fusiles en el Narciso. ¿Había decidido no ofrecer resistencia? Babe creía que podían montar una buena batalla si lo planeaban bien.
Carlyle se echó a reír y negó con la cabeza.
—Esto no es una película, Babe. Es un guardacostas lo que nos espera. Sería como enfrentarse con arco y flechas a una ametralladora. Si quieres enterrar las bolsas en alguna parte, para poder recuperarlas más tarde, hazlo. Pero será inútil: excavarán la isla de punta a punta. Es una batalla perdida, Babe.
Babe agachó la cabeza en silencio y se fue, y la voz de Carlyle era más ronca cuando le dijo a Ardita:
—Es el mejor amigo que he tenido. Daría la vida por mí, y estaría orgulloso de poder hacerlo, si yo se lo pidiera.
—¿Te das por vencido?
—No tengo otra posibilidad. Es verdad que siempre hay una salida, la más segura, pero puede esperar. No pienso perder la cabeza. No me perdería mi propio juicio por nada del mundo: así viviré la interesante experiencia de ser famoso. «La señorita Farnam declara que el comportamiento del pirata fue en todo momento propio de un caballero.»
—¡Cállate! Me da una pena horrible.
Cuando el color se diluyó en el cielo y el azul apagado se convirtió en un gris de plomo, percibieron un gran tumulto en la cubierta del barco y divisaron a un grupo de oficiales en uniforme blanco reunidos junto a la borda. Tenían prismáticos y examinaban el islote con atención.
—Se acabó —sentenció Carlyle, inexorable.
—¡Maldita sea! —dijo Ardita entre dientes. Sentía cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Volveremos al yate —dijo Carlyle—. Prefiero que me encuentren allí a ser cazado como una alimaña.
Abandonaron la cima y descendieron por la colina, y, cuando llegaron al lago, los remeros negros, silenciosos, los llevaron al yate. Entonces, pálidos y abatidos, se echaron en las tumbonas, a esperar.
Media hora después, bajo la débil luz gris, la proa del guardacostas apareció en el canal y se detuvo: era evidente que temían que la bahía fuera demasiado poco profunda. Por la apacible apariencia del yate, el hombre y la chica en las tumbonas, y los negros apoyados con curiosidad en la barandilla, habían deducido que no encontrarían resistencia, y lanzaron dos botes: en uno iban un oficial y seis policías, y en el otro cuatro remeros y, a popa, dos hombres canosos con ropa deportiva. Ardita y Carlyle se levantaron y, casi sin pensarlo, se miraron a los ojos. Entonces Carlyle se metió la mano en el bolsillo y sacó un objeto circular, fulgurante, y se lo dio.
—¿Qué es esto? —pregunto, maravillada.
—No estoy muy seguro, pero, por las palabras rusas que lleva grabadas en el interior, creo que es la célebre pulsera que te habían prometido.
—Pero… Pero… ¿De dónde diablos…?
—Estaba en una de las bolsas. Ya sabes: Curtís Carlyle y sus Seis Compadres Negros, en plena actuación en el salón de té de un hotel de Palm Beach, cambiaron sus instrumentos por pistolas automáticas y atracaron al público. Yo le quité esta pulsera a una preciosa pelirroja con demasiado maquillaje encima.
Ardita frunció las cejas y sonrió.
—¡Así que eso fue lo que hiciste! Sí, tienes temperamento.
Carlyle hizo una reverencia.
—Una conocida cualidad burguesa.
Entonces el amanecer avanzó intrépidamente por la cubierta y obligó a las sombras a retroceder hasta sus esquinas grises. El rocío se evaporaba, volviéndose niebla dorada, sutil como un sueño, y los envolvía, y parecían de gasa, vestigios de la noche, infinitamente fugaces, a punto de disolverse. Durante un instante mar y cielo dejaron de respirar, y la aurora de dedos rosados tocó los jóvenes labios de la vida… Luego, de más allá del lago, llegó el quejido de un bote y el crujir de los remos.
De pronto, recortándose contra el horno de oro que nacía en el este, dos gráciles siluetas se fundieron en una y él besó sus labios de niña mimada.
—Es como estar en la gloria —murmuró Carlyle.
Ardita le sonrió.
—¿Eres feliz?
Suspiró, y aquel suspiro era una bendición: la seguridad encantada de que en aquel momento era más joven y bella que nunca. Y la vida volvió a ser radiante, y el tiempo era un fantasma, y sus fuerzas eran eternas. Entonces hubo una sacudida y un crujido al rozar el bote el casco del yate.
Por la escalerilla subieron los dos hombres de pelo gris, el oficial y dos marineros que empuñaban revólveres. El señor Farnam cruzó los brazos y miró a su sobrina.
—Muy bien —dijo, asintiendo con la cabeza lentamente. Ardita suspiró, dejó de abrazar a Carlyle, y sus ojos, transfigurados y ausentes, se posaron en el pelotón de abordaje. Su tío observaba cómo su labio superior poco a poco se alzaba, en ese orgulloso puchero que él conocía tan bien.
—Muy bien —repitió, furioso—. Así que ésta es la idea que tienes del amor: fugarte con un pirata.
Ardita lo miró con indiferencia.
—¡Qué tonto eres! —dijo, muy tranquila.
—¿Eso es lo mejor que se te ocurre decir?
—No —dijo, como si estuviera reflexionando—. No, hay algo más: esa frase que conoces tan bien, con la que he terminado la mayoría de nuestras conversaciones de los últimos años. ¡Cállate!
Y, dicho esto, les dedicó a los dos vejestorios, al oficial y a los dos marineros una breve mirada de desprecio, dio media vuelta y desapareció orgullosamente por la escotilla que llevaba a los camarotes.
Pero, si hubiera esperado un poco, hubiera oído algo bastante infrecuente en las conversaciones con su tío: su tío había estallado en carcajadas incontrolables, a las que se había unido el otro vejestorio.
Este último se dirigió con energía a Carlyle, que había estado observando la escena con un aire de misterioso regocijo.
—Bien, Toby —dijo afablemente—, caradura incurable, romántico perseguidor de arcoiris, ¿has encontrado por fin la mujer que buscabas?
Carlyle sonrió, muy seguro.
—Por supuesto —dijo—. Sabía que sería así desde la primera vez que oí hablar de sus correrías disparatadas. Por eso le ordené a Babe que lanzara el cohete de señales anoche.
—Me alegro —dijo el coronel Moreland, serio—. Os seguíamos de cerca por si teníais algún problema con estos seis negros tan raros, pero no esperábamos encontraros a los dos en una situación tan comprometida —suspiró—. Bueno, ¡manda a un loco a cazar a un loco!
—Tu padre y yo —dijo el señor Farnam— pasamos la noche en vela esperando lo mejor, que quizá sea lo peor. Bien sabe Dios que le has gustado a Ardita, hijo mío. Me estaba volviendo loco. ¿Le diste la
pulsera rusa que el detective que contraté consiguió de esa tal Mimi?
Carlyle asintió.
—¡Shhh! —dijo—. Viene Ardita.
Ardita apareció en la escalerilla de los camarotes, y los ojos se le fueron involuntariamente a las muñecas de Carlyle. Una expresión de perplejidad se dibujó en su cara. Los negros empezaron a cantar en la popa, y el lago, frío con el fresco del amanecer, devolvía serenamente el eco de sus voces profundas.
—Ardita —dijo Carlyle, tímidamente.
Ardita se acercó más.
—Ardita —repitió, con la respiración entrecortada—. Tengo que decirte… la verdad. Todo ha sido una trampa, Ardita. No me llamo Carlyle. Me llamo Moreland, Toby Moreland. Toda la historia ha sido un invento, Ardita, fruto del clima de Florida.
Lo miró fijamente: el asombro, la perplejidad, la incredulidad y la rabia se reflejaban sucesivamente en su cara. Ninguno de los tres hombres se atrevía a respirar. El señor Moreland dio un paso hacia Ardita. La boca del señor Farnam empezó a curvarse tristemente, a la espera, presa del pánico, del previsible estallido.
Pero no llegó. La cara de Ardita se iluminó de repente, y con una risilla se acercó de un salto al joven Moreland y lo miró sin rastro de rabia en los ojos grises.
—¿Me juras —dijo dulcemente— que todo ha sido sólo producto de tu imaginación?
—Lo juro —dijo el joven Moreland, anhelante.
Ella atrajo su rostro y lo besó suavemente.
—¡Qué imaginación! —dijo con ternura y casi con envidia—. Quiero que me mientas toda mi vida, con toda la dulzura de que eres capaz.
Las voces de los negros llegaban soñolientas desde la popa, mezcladas con una melodía que Ardita ya les había oído cantar:

El tiempo es un ladrón;
alegrías y penas
se van con las hojas
en otoño…

—¿Qué había en las bolsas? —preguntó en voz baja.
—Arena de Florida. Es una de las dos verdades que te he dicho.

—Tal vez yo pueda adivinar la otra —dijo Ardita. Y, poniéndose de puntillas, lo besó dulcemente… en la ilustración.